JULIA. DÍA 13: Si cuela, cuela

Estaba yo en la cama escuchando esto:

cuando entró el abuelo.

-Hija, ¿qué haces ahí tumbada?

-La pregunta no es esa abuelo. La pregunta es, ¿qué haces tirada en la cama tocándote los ovarios?-gritó Lola desde la cocina.

-No es mi turno. Dejadme en paz.

-¿No tenías que estar en casa de la niña dando clases?—Yo pensaba que el abuelo pasaba de mí totalmente, pero se ve que me conoce mejor de lo que yo creía.

-Abuelo, se acabo ese trabajo.

-¿Te han echado?

-No me han dicho nada, pero después del número que montó tu nieta no espero ni el finiquito.

-Oye, pues ellos estaban allí poniéndose ciegos a magdalenas.

-Es verdad.

(Pausa. Igual no les parece tan horrible tener una profe-camella, ¿no?)

El razonamiento del abuelo Mariano era el siguiente: “cuando la has cagado mucho, lo mejor es comportarte como si no hubiera pasado nada. Si cuela, cuela”.  Así que fui a casa de Marina como un lunes cualquiera, con mi outfit de profesora particular y mi carpeta bajo el brazo.

Llamé al timbre. Me abrió su madre.

-Julia, qué sorpresa.

-Perdona que llegue un poco más tarde.

-No, si–

Entré directa hacia la habitación de Marina para evitar cualquier conversación previa que me condujera a una situación incómoda.

-Julia, espera, que quiero hablar contigo.

Mierda.

-Ya, yo también quería hablar contigo. ¿First Certificate o Toeffle? La respuesta está en la decisión ¿UCLA o Cambridge? Ya sabes que yo soy más pro rollo british pero–

-La fiesta, Julia. De lo que quiero hablar es de la fiesta.

Pues no, abuelo, no ha colado.

-Los valores que representas no son los que queremos transmitirle a nuestra hija. Nos has mentido, Julia. Tú no tienes una empresa de muffins, tú traficas con droga. Nosotros no podemos dejar que te relaciones con nuestra hija, ¿me entiendes? Sería como darle barra libre para que aparezca fumada cada semana. Además Susana y Guillermo están muy mal por tu culpa, te has metido en medio de una familia. -Marina asomaba, de vez en cuando, la cabeza desde el otro lado de la puerta. No me había escrito ni un whatsapp desde la fiesta. Ahora entendía por qué.

-Para empezar: no fui yo la que se lió con Guillermo. Fue Lola, mi hermana gemela, disfrazada de mí. Y por cierto, lo hizo por despecho, porque él le estaba calentando las bragas desde hace meses y el detalle de que tenía mujer e hija como que se le olvidó contarlo. Segundo: sí tengo una empresa de muffins, no os he mentido. Se llama Magdalenas de la Risa. En la cooperativa estamos mi madre, sus compañeros del curso de búsqueda de empleo, mi hermana, el amor de su vida, mi abuelo, un chico que tocaba la guitarra en el metro y su novia holandesa.  Solo os he ocultado uno de los ingredientes de los muffins, al que tu marido y tú no le pusisteis muchas pegas en la fiesta, ¿no? Y para terminar: Los que le dais barra libre a vuestra hija sois vosotros comiendo magdalenas de marihuana delante de su cara.

Salí de esa casa sin decir nada más y aguantándome las lágrimas. ¿Así iba a ser siempre? ¿Iba a perder a todas aquellas personas que me importaban por las Magdalenas de la Risa? ¿Cuántas veces tendría que soportar que me llamaran traficante? Fui hacia el centro comercial en busca de un paquete de galletas de chocolate con las suficientes grasas saturadas como para consolarme y allí estaba él.  No estaba yo de mucho humor para ponerle ojitos al cajero de Mutadona.

-Mira, ya que te veo me despido de ti, ¿vale?

-¿Por qué?

-Ya no trabajo en la Moraleja y este Mutadona me queda un poco lejos de Lavapiés.

Le di un beso en la mejilla entre varios brotes de acné en un alarde de generosidad por mi parte y me marché.

Al llegar a casa vi un whatsapp. La madre de Marina.

“Julia, he sido muy brusca contigo esta tarde. Entiéndeme: mi hija es adolescente y yo tengo que darle una educación. Una cosa es lo que te he dicho para que ella lo escuchara y otra lo que pensamos mi marido y yo. Nosotros estamos interesados en vuestro producto, pensamos que es excelente. ¿Cómo podemos hacer para comprar una bolsita?

¡¿WTF?!

 

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JULIA. DÍA 10: Gestión de crisis de negocio

Lola, víctima de un brote psicótico había saltado directamente dentro de una de las cajas de magdalenas y le había pegado una patada a otra. Teníamos 100, pero el otro 50% habían sido destrozadas por la ira de mi hermana. Curro la agarró por los brazos y yo por las piernas mientras Puri protegía las magdalenas y su propia vida con una cuchara de madera: no había visto a mi hermana tan enfadada desde que puse pegatinas de la Barbie a su bici.

Y todos coincidíamos en que da muy mala imagen entregar puré de muffins en una fiesta.

Adiós a nuestro mejor encargo.

Adiós a la reputación de Magdalenas de la Risa.

Adiós a mi entrada para ver a Black Keys.

En ese momento solo quería coger la cabeza de Lola y meterla en el horno con las veinte magdalenas que nos quedaban para que sufriera el mismo final. Cerré los ojos, respiré hondo y me toqué la pulsera de Pandora que llevaba en la muñeca derecha (Marina y sus padres me habían invitado a ir con ellos a un evento esa noche y desde que volví de London no había tenido ocasión de ponérmela…). Abrí los ojos y miré a Curro curándose con agua oxigenada las heridas causadas por las uñas de mi hermana, a Puri echándose crema de manos y a mi madre preparando una tila para la zumbada, que estaba en una esquina en estado de shock. Mi cerebro marketiniano conectó las marcas de todos esos productos: Hacencuadrado. La solución estaba en Mutadona.


Untadas en mantequilla especial pasarían desapercibidas en un primer momento mientras el equipo 2 (mi madre, Puri y Toñi) hornearían más y las irían colando en la cocina de Guillermo a lo largo de la noche. Sacamos a contrarreloj las cien magdalenas de sus bolsitas individuales y las camuflamos entre nuestros muffins caseros. Curro me esperaba fuera con una furgoneta prestada. Cuando salí a la calle y vi la pegatina de “Paco Cables” en Comic sans casi me sangran los ojos, pero me contuve (necesitamos transporte corporativo YA).

Curro arrancó la furgoneta mientras yo me arreglaba el maquillaje. Le envié un WhatsApp a Marina: “Me ha surgido un imprevisto y voy a llegar más tarde. Enviadme la localización y cuando acabe voy para allá. Besis”. A lo que me respondió con el emoticono que lanza corazoncitos. En aquel momento pensé: “Pronto acabaré esta pesadilla y tendré un gin tonic de marca en mi mano derecha”.

JA

Estábamos a punto de llegar cuando nos paró la guardia civil. Un segundo fue suficiente para revivir en mi cabeza todas las temporadas de “Orange is the new black”.

-Documentación del vehículo. -Abrí la guantera. Allí el único papel que había era un Marca de hace seis meses.

-¿Qué ocurre, agente? -pregunté inocentemente.

-¿En serio, no lo saben? -Al guardia se le escapó una sonrisilla de “os hemos cazado”. Y yo sin amiga lesbiana que me proteja en Alcalá Meco. -Salgan del vehículo y dense una vuelta. “Ya está. Ahora van a abrir la puerta trasera y a soltar a los perros que seguro que llevan en el coche. Y yo llevo un vestido demasiado corto para el calabozo, ¿me dejarán ir a casa a ponerme un chándal?”

Obedecimos a los agentes: la tipografía me había cegado en un primer momento y no me había dado cuenta de que la matrícula trasera iba medio colgando. Uf.

-Tenemos que inmovilizarles. No pueden circular sin seguro.

-Oiga, que solo voy un momento a dejar a mi hija que tiene un cumpleaños. La furgoneta es de mi cuñado Paco. Es que me he quedado en paro y he tenido que vender el coche…

Por mí como si cogían la furgoneta de Paco Cables y la tiraban al mar. Ninguna pena. Curro intentó poner cara del gato que sale en la película de Shrek, pero nada. Allí nos quedamos en medio de la calle con cuatro cajas de magdalenas tamaño mudanza que los guardias nos ayudaron a sacar de la furgoneta amablemente, pero en libertad sin cargos y felices.

-Señora, ¿la boca de metro más cercana? -preguntó Curro.

-¿Cómo vamos a ir en metro? Estas cajas no caben ni por el torno.

-Pues di tú algo, lista. Por lo menos yo tengo iniciativa.

-Tú tienes iniciativa de decir gilipolleces. (Pausa) Podríamos coger un taxi.

-¿Un taxi? Señorita del Marketing, un taxi nos descabala la balanza ingresos y gastos.

-Oye, que han estado a punto de pillarnos con droga por culpa del rata de tu cuñado, así que relaja la pestaña.

En ese instante me di cuenta de que Mutadona volvería a salvarnos la vida. Pero solo quedaban tres minutos para su cierre y después de una interminable carrera con loboutines de la mano que me pegué me dieron con la trapa en las narices. Pero allí estaba él, mi héroe, mi cajero. Ahí fui yo la que puse los ojitos del gato de Shrek.

De allí salimos con dos carros de Mutadona a por Curro (al cajero le di una magdalena y un besito en la mejilla de propina). Cuando llegamos a casa de Guillermo él estaba ligeramente cabreado por la tardanza.

-Disculpe, señorita, pero hace una hora que el pedido tenía que estar aquí.

-Tiene usted toda la razón. Para compensarle le regalamos una bolsita con seis muffins de chocolate blanco y arándanos.

-Anda, llámame de tú. Al fondo está la cocina, podéis dejar las cajas allí.

(¿Qué habrá visto ese hombre en mi hermana? Con ese estilo y esa casa: los tíos tienen unas inclinaciones perrofláuticas que no entiendo.)

Dejé a Curro custodiando el carrito de Mutadona a la puerta y empecé a trasladar la mercancía. Me sonó el móvil: un mensaje de Marina con la localización. Un error, me sale que ya he llegado al punto.

JA

Mirándolo por el lado positivo, que bien que una caja con 50 magdalenas de marihuana es lo suficientemente grande como para taparme. En Abrazoterapia aún no me han explicado qué he hecho yo en otra vida para que Madrid me trate así.