JULIA. DÍA 16: “Expansión internacional. Vol II”

Confieso que para afrontar una reunión de la cooperativa me tengo que comer antes dos o tres muffins de los nuestros. Antes hacía el saludo al sol con mi madre, pero ya no es suficiente. Florieke todavía no conoce demasiado a los miembros y viene con una pizarra, una tablet y mucha ilusión.

Continue reading →

Anuncios

JULIA. DÍA 14: Merry Christmas

-Mamá, ¿queda mejor el pañuelo celeste o el verde manzana?

-Verde manzana.

Recuerdo que hace un par de años mi madre y yo elegíamos entre vestido camisero y de corte recto para nuestro outfit de Nochebuena.

Ahora estamos rebuscando en bolsas de ropa vieja de Puri para confeccionar nuestro disfraz para el belén viviente del barrio.

-¿Por qué, mamá, por qué? -le dije yo, con la mirada perdida entre el gotelé de la pared.

-¿Te acuerdas de ese mono de tela chifon gris marengo que me puse en la Nochebuena del 2007? -breve resplandor de la Elvira de antes.

-Es verdad, que vinieron a casa Sarasola con sus hijos y Diana, con su marido. ¿Qué ha sido de ellos?

-Siguen viviendo en Pozuelo.

(Pausa. Mirada conjunta al gotelé de la pared)

-¿Estáis ya? -Puri nos llamó por tercera vez.

Y mi madre, tras un segundo de añoranza y de flaqueza volvió a su optimismo empachoso.

-Venga, hija, mira el póster una vez más para motivarte. -y me señaló el collage de folios impresos de Mr Wonderful en la pared de su habitación.

-¿A cuál? ¿”El pan no engorda, el que engorda eres tú”?

-No. “No se trata de donde estés sino donde quieres llegar”.

-Ah, pues entonces, ya me veo recogiendo un Oscar por mi interpretación de la Virgen María.

Emma, la presidenta de la asociación de vecinos, es una dramaturga frustrada y ha escrito un guion para un belén viviente. Pero, atención, nada de Palestina, ha decidido trasladar el Nuevo Testamento al siglo XXI: a España en plena crisis. Los de la cooperativa habían hecho un contrato para suministrar las magdalenas (sin condimento) de la chocolatada posterior (hasta ahí, todo bien) por cuatro duros pero, claro, “cómo vamos a cobrarles más si nos han dado los cursos de orientación -de desorientación, más bien- para la búsqueda de empleo y todo” decía mi madre. Hasta ahí todo bien. Hacemos las 150 magdalenas, las llevamos a los locales. Hasta ahí todo bien.

Emma está llorando. Los actores del belén viviente les ha salido curro en el Corte Francés para hacer de duendes y renos de Papá Noel. Si no hay belén viviente, no hay chocolatada.

EMPIEZA A JODERSE TODO.

Voy a escribir el reparto porque es para recordarlo de aquí a unos años, cuando esté otra vez en London celebrando la Navidad con ropa de primera mano (ya no pido más):

San José: Rastas

Virgen María: Yo

Melchor: Abuelo

Gaspar: Curro

Baltasar: Abdul

Pastorcillos: Carmina, mis padres, Puri, Florieke y Adrián.

Niño Jesús: Descartes

Encima, al abuelo lo tenemos resfriado porque lleva todo el mes revendiendo lotería a la puerta de Doña Manolita y aún está aquejado de varias lesiones por pelearse con la competencia chunga de la puerta. Lola se ha negado a participar porque es atea y dice que por mucho que Emma cambie la historia, que nada. Yo no sé cómo ha podido resistirse a un argumento así: Una pareja desahuciada busca un lugar donde pasar la noche y se encuentran con unos empresarios del Ibex 35 a los que el espíritu navideño les ablanda el corazón y deciden dar trabajo a José y María y pagarle la universidad a la criatura.

El ridículo que hemos hecho en el Campo de Cebada a tres grados ha sido memorable, pero por lo menos el público se ha reído, sobre todo cuando Descartes se ha escapado de mis brazos. La gente de Lavapiés y de la Latina no entienden el teatro surrealista, esto en Hyde Park lo habrían aplaudido como una escena digna de Peter Brook.

Desde luego, a mí, después de parir un gato, ya no me queda nada por hacer en Madrid.

JULIA. Día 11: El malentendido

Es que no hay urbanizaciones de lujo en Madrid que tenemos que coincidir en la misma fiesta mi nueva familia y yo.

Adiós a mi dinero extra.

Adiós a ser un modelo en la vida para alguien.

Adiós a mi entrada para ver a Black Keys.

Eso pensaba en la cocina de Guillermo con una copa de champagne en la mano mientras Marina me freía a WhatsApps y yo le respondía con excusas estúpidas: que si no sé si ponerme botines o zapatos de salón (“ni de palo, tía, hay que aprovechar estas ocasiones para ponerse los salón”), que si un cliente quiere cupcakes de cerezas y las tengo que importar de Chile urgentemente, que si  mi abuelo ha entrado en parada cardiorrespiratoria…

Guillermo me había invitado amablemente a ir con los demás, pero preferí esconderme y controlar que las magdalenas del Mutadona salieran al salón lo más tarde posible. El profesor aparecía cada poco tiempo entusiasmado por el éxito de nuestros muffins y a mí se me iban acabando los artesanales. Tuve que empezar a colar intrusos en esquinitas de las bandejas confiando en que la gente estuviera tan ciega (como dice Lola) que ni se diera cuenta.

“Tía, no te lo vas a creer. En la fiesta están rulando magdalenas con marihuana. TIENES QUE VENIR YA. Mis padres no me dejan probar, me tienes que ayudar a robar alguna. ¿No te parece una idea genial para tu negocio?  Muffins con marihuana. ¡Ya lo estoy visualizando! Tienes que contratarme. Corre, deja a tu abuelo en el hospital, ya no puedes hacer nada más por él.”

Mi pequeña Marina, a punto de convertirse en una drogadicta como mi hermana. En ese momento Guillermo entró en la cocina y me sirvió más champagne. Qué caballero.

-Vaya, vaya, con el profesor de universidad. ¿Desde cuándo te dedicas a pervertir a adolescentes?

-Vaya, vaya, con la hermanita pija de Lola. ¿Desde cuándo los ingleses enseñan a timar a la gente? ¿Lo aprendiste en segundo de Marketing?— Bueno, pues no estaban tan ciegos, no. Aplastó con la mano la magdalena marca Mutadona con mantequilla especial. Al final Lola y él van a tener algo en común. (Al margen de esto, uau, cuántas cosas sabía de mí, ¿no?)—.

-Pregúntale a tu querida Lola.

-No es su estilo. No te creo.

-¿No? Pues que sepas que saltó encima de las cajas como venganza por vendernos a ti. No sé qué le das.

-Ella se lo pierde. Lo siento por vosotros porque os iba a pagar muy bien.

-Relaja la pestaña —esta frase es muy de Lola— que el cargamento con más muffins caseros está de camino. Tú dile a la gente que vaya empezando con su viaje iniciático, que pronto llegará más combustible.

-Tenéis veinte minutos. —abrió la puerta de la cocina para marcharse —¿Y tú? ¿No vas a hacer ese viaje iniciático? —Guillermo se me acercó.

-Solo oler la mantequilla me da ganas de vomitar. Además, estoy trabajando.

-Ni que fueras guardia civil —QUE NI ME LOS MENCIONEN, POR FAVOR—Venga, solo un mordisco. —Guillermo se acercó peligrosamente.

-No, de verdad… —no había acabado de pronunciar mi tercera excusa cuando ya casi le tenía encima de mí. Le esquivé, que aunque siempre maldigo al embrión que se dividió hace veinticuatro años, mi hermana es mi hermana.

Salí de la cocina y me encontré con, ATENCIÓN, Lola DISFRAZADA DE MÍ y tambaleándose levemente (esto ya no me sorprendía tanto).

-¿Qué haces aquí? Vámonos.

-¿Por qué tienes prisa? Si hay champagne y magdalenas gratis.

-Marina y sus padres están aquí y no pueden verme.

-Ah, pues va a ser la cría que se me ha quedado mirando antes…

Volví a maldecir, mejor dicho, a cagarme en la bipartición del embrión.

JULIA. DÍA 10: Gestión de crisis de negocio

Lola, víctima de un brote psicótico había saltado directamente dentro de una de las cajas de magdalenas y le había pegado una patada a otra. Teníamos 100, pero el otro 50% habían sido destrozadas por la ira de mi hermana. Curro la agarró por los brazos y yo por las piernas mientras Puri protegía las magdalenas y su propia vida con una cuchara de madera: no había visto a mi hermana tan enfadada desde que puse pegatinas de la Barbie a su bici.

Y todos coincidíamos en que da muy mala imagen entregar puré de muffins en una fiesta.

Adiós a nuestro mejor encargo.

Adiós a la reputación de Magdalenas de la Risa.

Adiós a mi entrada para ver a Black Keys.

En ese momento solo quería coger la cabeza de Lola y meterla en el horno con las veinte magdalenas que nos quedaban para que sufriera el mismo final. Cerré los ojos, respiré hondo y me toqué la pulsera de Pandora que llevaba en la muñeca derecha (Marina y sus padres me habían invitado a ir con ellos a un evento esa noche y desde que volví de London no había tenido ocasión de ponérmela…). Abrí los ojos y miré a Curro curándose con agua oxigenada las heridas causadas por las uñas de mi hermana, a Puri echándose crema de manos y a mi madre preparando una tila para la zumbada, que estaba en una esquina en estado de shock. Mi cerebro marketiniano conectó las marcas de todos esos productos: Hacencuadrado. La solución estaba en Mutadona.


Untadas en mantequilla especial pasarían desapercibidas en un primer momento mientras el equipo 2 (mi madre, Puri y Toñi) hornearían más y las irían colando en la cocina de Guillermo a lo largo de la noche. Sacamos a contrarreloj las cien magdalenas de sus bolsitas individuales y las camuflamos entre nuestros muffins caseros. Curro me esperaba fuera con una furgoneta prestada. Cuando salí a la calle y vi la pegatina de “Paco Cables” en Comic sans casi me sangran los ojos, pero me contuve (necesitamos transporte corporativo YA).

Curro arrancó la furgoneta mientras yo me arreglaba el maquillaje. Le envié un WhatsApp a Marina: “Me ha surgido un imprevisto y voy a llegar más tarde. Enviadme la localización y cuando acabe voy para allá. Besis”. A lo que me respondió con el emoticono que lanza corazoncitos. En aquel momento pensé: “Pronto acabaré esta pesadilla y tendré un gin tonic de marca en mi mano derecha”.

JA

Estábamos a punto de llegar cuando nos paró la guardia civil. Un segundo fue suficiente para revivir en mi cabeza todas las temporadas de “Orange is the new black”.

-Documentación del vehículo. -Abrí la guantera. Allí el único papel que había era un Marca de hace seis meses.

-¿Qué ocurre, agente? -pregunté inocentemente.

-¿En serio, no lo saben? -Al guardia se le escapó una sonrisilla de “os hemos cazado”. Y yo sin amiga lesbiana que me proteja en Alcalá Meco. -Salgan del vehículo y dense una vuelta. “Ya está. Ahora van a abrir la puerta trasera y a soltar a los perros que seguro que llevan en el coche. Y yo llevo un vestido demasiado corto para el calabozo, ¿me dejarán ir a casa a ponerme un chándal?”

Obedecimos a los agentes: la tipografía me había cegado en un primer momento y no me había dado cuenta de que la matrícula trasera iba medio colgando. Uf.

-Tenemos que inmovilizarles. No pueden circular sin seguro.

-Oiga, que solo voy un momento a dejar a mi hija que tiene un cumpleaños. La furgoneta es de mi cuñado Paco. Es que me he quedado en paro y he tenido que vender el coche…

Por mí como si cogían la furgoneta de Paco Cables y la tiraban al mar. Ninguna pena. Curro intentó poner cara del gato que sale en la película de Shrek, pero nada. Allí nos quedamos en medio de la calle con cuatro cajas de magdalenas tamaño mudanza que los guardias nos ayudaron a sacar de la furgoneta amablemente, pero en libertad sin cargos y felices.

-Señora, ¿la boca de metro más cercana? -preguntó Curro.

-¿Cómo vamos a ir en metro? Estas cajas no caben ni por el torno.

-Pues di tú algo, lista. Por lo menos yo tengo iniciativa.

-Tú tienes iniciativa de decir gilipolleces. (Pausa) Podríamos coger un taxi.

-¿Un taxi? Señorita del Marketing, un taxi nos descabala la balanza ingresos y gastos.

-Oye, que han estado a punto de pillarnos con droga por culpa del rata de tu cuñado, así que relaja la pestaña.

En ese instante me di cuenta de que Mutadona volvería a salvarnos la vida. Pero solo quedaban tres minutos para su cierre y después de una interminable carrera con loboutines de la mano que me pegué me dieron con la trapa en las narices. Pero allí estaba él, mi héroe, mi cajero. Ahí fui yo la que puse los ojitos del gato de Shrek.

De allí salimos con dos carros de Mutadona a por Curro (al cajero le di una magdalena y un besito en la mejilla de propina). Cuando llegamos a casa de Guillermo él estaba ligeramente cabreado por la tardanza.

-Disculpe, señorita, pero hace una hora que el pedido tenía que estar aquí.

-Tiene usted toda la razón. Para compensarle le regalamos una bolsita con seis muffins de chocolate blanco y arándanos.

-Anda, llámame de tú. Al fondo está la cocina, podéis dejar las cajas allí.

(¿Qué habrá visto ese hombre en mi hermana? Con ese estilo y esa casa: los tíos tienen unas inclinaciones perrofláuticas que no entiendo.)

Dejé a Curro custodiando el carrito de Mutadona a la puerta y empecé a trasladar la mercancía. Me sonó el móvil: un mensaje de Marina con la localización. Un error, me sale que ya he llegado al punto.

JA

Mirándolo por el lado positivo, que bien que una caja con 50 magdalenas de marihuana es lo suficientemente grande como para taparme. En Abrazoterapia aún no me han explicado qué he hecho yo en otra vida para que Madrid me trate así.

 

 

JULIA. Día 9: Objetivo: concert

A Marina y a mí nos encanta esta canción:

Llevamos toda la tarde escuchando el disco y cantando con el cepillo del pelo como  micrófono, rollo peli Quédate a mi lado. Qué risa. Marina va a ir al concierto que dan en Madrid el mes que viene; evidentemente, mi economía no me lo permite, pero eso no se lo he dicho para no quedar de looser. Ni miro el reloj cuando estoy en esa casa, así que cada día llego más tarde. Mi padre está un poco mosqueado, dice que confraternizo con el enemigo. Es un exagerado, Marina está en la edad de los amores platónicos, es muy normal. Solo es una chica que ha encontrado en mi padre lo que no encuentra en los chavales de su edad, que son unos inmaduros. “Deberías sentirte halagado”, le digo. Mi padre dice que el último día se desabrochó el sujetador en medio del análisis sintáctico de una subordinada sustantiva y que eso no tiene nada de platónico y ni de puro.

Jajaja. Qué lanzada es mi Marina. Es la hermana pequeña que nunca tuve. Si es que soy casi de la familia, el otro día su madre me mandó al supermercado y me dio dinero de sobra para  comprarme un café helado de marca Sturbucks. Vale que el café del súper no es lo mismo pero… Sturbucks es Sturbucks. A la salida me tocó un cajero que casi se queda bizco de mirarme. Es que para ir a casa de Marina me curro mucho mi outfit de profesora. Nada de lentillas (gafas de pasta), camisas y americanas y vaqueros. Casual, pero formal.

Luego cojo el metro para llegar a Lavapiés y vuelvo a mi mundo: el abuelo pegando la suela de los zapatos con superglú, Erasmus de resaca, los de la cooperativa en la cocina… Me cuesta encontrar el lado positivo, tengo que volver a Abrazoterapia. Desde luego que vendiendo bolsitas con cinco magdalenas no vamos a salir de este agujero. Necesitamos algo más. Y ese algo más nos lo ha ofrecido el profesor que estaba liado con mi hermana (aunque ella sigue diciendo que no, pero eso no hay  quien se lo crea). Nos quiere hacer un superpedido pero a la señorita le han entrado los remilgos por lo que le pasó a Cirilo. No lo entiendo:

1.- Cirilo es inmortal, no importa las magdalenas que se coma.

2.- Está mucho mejor de la artrosis

Yo tengo muy claro que quiero ir al concierto de Black Keys. Y los escrúpulos de Lola no me lo van a impedir. Así que saqué puse a prueba todos mis conocimientos aprendidos en Bussiness&Marketing:

ADRIÁN.- Ni de coña.

YO.- A ti lo que te pasa es que no quieres más tratos con Guillermo porque estás celoso.

ADRIÁN.- ¿Qué dices? Lola es mi colega y, además, la que me molabas eras tú.

YO.- Claro, claro, que te encanta tenerla revoloteando a tu alrededor y desde que pasa de ti la echas de menos.

ADRIÁN.- Eso no es verdad. No pasa de mí y no la echo de menos.

YO.- Demuéstralo.

ADRIÁN.- Venga, vamos a hacer esas magdalenas.

YO.- Con el dinero que saquemos puedes ir al rastro y le compras una palestina nueva a Lola, verás qué ilusión le hace.

Así de fácil. Y aquí estoy, haciendo macropedidos de harina, huevos y marihuana, porque con la nuestra no nos llega. Vamos a trasladar el centro de operaciones a casa de Puri. A los de la cooperativa les hemos dicho que el pedido es para la choni a la que odia Lola, para que sean discretos y ella no se entere de nada. O eso espero.

JULIA. Día 8: London Fashion Week

Esta mañana me he acercado al despacho de Cirilo para dejarle un paquetito con magdalenas. Es el abuelo que nunca tuve. Bueno, el paterno, me refiero. El hombre se pensaba que era Lola otra vez para llevarle la sexta manzanilla de la mañana al despacho y se alegró un montón cuando le dije que era su gemela y que le traía unos “dulces”.

Por la tarde he tenido una hora más de clase con Marina porque se presenta al First Certificate en diciembre. Ay, los certificados de nivel… yo estoy totalmente en contra de tener que aprender inglés haciendo exámenes y preparando un discurso oral sobre el transporte público o chorradas así. Marina piensa lo mismo, por eso solo me había escrito párrafo y medio de la redacción sobre las costumbres británicas que le pedí. Así no vas a aprobar el writing… le dije. Para motivarla hemos estado viendo un desfile en streaming de la London Fashion Week, para que se le vaya pegando el acento british. ¿A que soy una profe guay? El desfile se alargó hasta las nueve de la noche pero yo no quise cobrar las horas de más, no pongo un taxímetro.

Su madre, para agradecérmelo, me invitó a cenar con ellos ensalada de aguacate (¿cuánto hace que no lo pruebo?) y salpicón de marisco. Tienen mogollón de estilo: su madre es cirujana y el padre tiene una farmacia. Estuvimos charlando sobre mi universidad, porque ellos también quieren mandar a Marina allí en cuanto acabe el bachillerato. Yo lo recomiendo 100%. Hay que salir al extranjero y vivir la experiencia. Pero vivir la experiencia buena, o sea, con dinero.

Por un momento me había olvidado de la cooperativa, de las clases particulares, de mi hermana… cuando la madre de Marina me soltó: “Pobre, y tuviste que volver aquí cuando tus padres se quedaron en paro…”

Ha sido la vuelta a la realidad más cruel de toda la historia de la humanidad.

Me negué. Yo siempre transformo las debilidades en fortalezas.

YO.- Bueno, eso ha sido coyuntural, la verdad.

MADRE.-¿Sí?

YO.- Sí, en realidad volví para… emprender un negocio de muffins con mi madre y mi hermana.

MARINA.- (Con los ojos como platos) ¿En serio? Tía, no me habías contado nada.

MADRE.-¿Sois… como dicen en la tele, ¿nuevas emprendedoras?

YO.- Sí, tenemos una cooperativa con otros socios.

PADRE.- ¿Dónde distribuís?

Mierda.

YO.- Pues en muchas pastelerías, a ver en las de barrio y eso no, en las más–MARINA.- ¿En Happy Week Bakery Coffee? Dime que vendéis en Happy Week Bakery Coffee.

YO.- Pues claro. Pero solo degustaciones y encargos especiales. También distribuimos sobre todo en facultades.

PADRE.- ¿Vendéis magdalenas exclusivas en la cafetería de las universidad?

YO.- Sí. Tenemos un concierto con la Complutense. Luego también servimos a reuniones de catedráticos y del rectorado.

PADRE.- Pues yo juego al pádel con el vicerrector de Estudiantes. Seguro que le conoces.

YO.- Pues directamente…

PADRE.- Claro, que tontería.

MADRE.- Bueno, bueno, Julia, tú y tu familia sois una caja de sorpresas.

YO.- No sabes cuánto.

No miento. Disfrazo la realidad. En todo lo que les dije hay un sustrato de realidad.

JULIA. DÍA 6: “Ataque de pánico”

Fue llegar de casa de Marina, aún con la banda sonora de Mouline Rouge en la cabeza y una bolsa con zapatos Louboutin de la temporada pasada y sonar el móvil por culpa de un Whatsapp de mi hermana. Claro, como no tengo tarifa de datos, me llegan cuando pillo el Wi fi del vecino.

“Julia, ven al Gregorio Marañón. Un profe se ha comido tres magdalenas.”

“Pues estará muy contento, ¿no?”

“Tiene 127 años. CORRE.”

En el camino en metro hasta el hospital pasó por mi mente un juicio, la cárcel, la vergüenza de mi padre, mi madre diciendo que no pasa nada, que aprovecháramos los quince años de prisión para estudiar una carrera por la UNED, que es gratis… En la sala de espera estaban Adrián, con la cara desencajada y mi hermana, a la que le podrían convalidar los kilómetros paseados para la maratón de New York.

ADRIÁN.- La hemos cagado, pero bien.

YO.- ¿Cómo se os ocurre darle magdalenas a un señor tan mayor?

LOLA.- Le dio un bajón de azúcar. ¿Qué querías que hiciera? ¿Que le diera un paquete de rotuladores a ver si con la tinta fosforescente recuperaba el color en la cara?

ADRIÁN.- Ha sido un accidente.

Un señor con el pelo blanco y evidente artrosis nos miraba con atención. “Es Casimiro, su hijo”, me dijo Lola. NO PUEDE SER. Ese Cirilo ha desafiado todas las leyes de la naturaleza.

LOLA.- No quiero ir a la cárcel.

ADRIÁN.- Bueno, podemos estudiar una carrera por la UNED. Yo le tengo ganas a Antropología.

YO.- Pensamiento positivo: (la Abrazoterapia me ha dado tanto…) Nadie va a ir a la cárcel, ¿vale?

“Familiares de Cirilo Gómez”. El médico traía noticias. Por fin. Si no, nos iban a tener que ingresar a nosotros también por un ataque de pánico. Y no nos lo dio al escuchar estas palabras, no sé por qué: ‘Intoxicación por marihuana’. Posiblemente haya comido dulces, magdalenas o galletas. Le hemos hecho un lavado de estómago y ahora está sedado, descansando.

Casimiro se había quedado pálido.

CASIMIRO.- ¿Mi padre, un drogadicto? Es imposible.

LOLA.- No sé yo qué decirle, que su padre me dado clase y se le ve muy moderno.

CASIMIRO.- ¿Vosotros sabíais algo?

LOLA.- ¿Nosotros? Nada. Qué va.

Hubo que darle un pisotón a Adri, porque casi se mea de la culpa.

CASIMIRO.- Vamos a ver. ¿Estamos locos? Mi padre no se droga. Que tiene una edad, ya, para andar jugando.

MÉDICO.- Ay, si supiera con lo que nos encontramos aquí… Eso solo podrá decírnoslo él, pero aún hay que esperar a que despierte. (“¿y si no lo hace nunca?”, pensé yo) Si quiere poner una denuncia, ya sabe dónde está la comisaría.

Es que fue escuchar comisaría y temblarle un ojo a Adrián y otro a mi hermana. Está claro que soy la fuerte del grupo.

CASIMIRO.- Muy bien, pues es lo que pienso hacer ahora mismo.

YO.- ¿Ahora? Pero que son las once de la noche. Es tontería. Mejor esperamos a que se despierte…

CASIMIRO.- Ni hablar. Han intentado asesinar a mi padre. Seguro que ha sido algún alumno resentido con él. Es que ahora solo estudian Filosofía los perroflautas.

LOLA.- Asesinar, asesinar es pasarse un poco, ¿no? Si quisieran matarle le habrían clavado una jeringuilla, que hace más daño, pero si le han dado magdalenas es que le aprecian. Que no digo yo que se las hayan dado, que a lo mejor se las ha comido él solito–

Aquí Lola se llevó un codazo: estaba hablando demasiado.