Lola. Día 2: Una más…El Regreso

Las velas de vainilla eran cursis pero me di cuenta cuando ya llevaban veinte minutos encendidas, así que me fumé un porro para disimular el olor a cita que había en el salón y cambié la canción unas cinco veces. Los Stones eran nuestro lenguaje secreto y Keys to your love no dejaba nada a la imaginación.

Intenté que no pareciera preparado. Descoloqué la mesa, manché el mantel e incluso, a riesgo de parecer cutre, prepare poca comida, como para que pareciera que no llevaba 8 horas manchando cazuelas. Soja texturizada de grosor medio, risotto de champiñones y mini hamburguesas de quinoa… todo muy casual y nada elaborado.

Ya solo me quedaba el moño despeinado, los vaqueros nuevos y parecer que no esperaba nada, ni a nadie. Cuando escuché la llave, me hice la sorprendida. Guillermo me fulminó con la mirada rollo: estás loca por mis huesos y lo sabes. “¡Tengo el don de la oportunidad!, siempre sé llegar a tiempo.” En una mano traía vino del caro (de ese que solíamos beber de lunes a viernes porque no nos daba resaca) y en la otra una bolsa del FNAC.

Se cargó la decoración, apartó los platos de la mesa y sacó un paquete enorme. ME QUEDÉ MUERTA. La recopilación de las Conversaciones de Marx y Engels había sido mi reto pendiente de los últimos años y, sin duda, el mejor regalo que nadie que me conociera podría haberme hecho. En aquel preciso momento pensé “si se acerca no me voy a quitar”, pero solo me dio un beso en la frente y pensé…”de hoy no pasa”.

Bebimos demasiado vino (sacamos otras dos botellas de reserva) y cuando Guillermo se desabrochó los tres primeros botones de la camisa decidí que era el momento de apostar. Jugar al póker con dinero era divertido…pero hoy podríamos cambiar las normas. Prenda, verdad o 50 euros. Arriesgar o morir.

“¡Gané!… ¡Pero yo elijo beso!”.

Cerré los ojos.

Sentí que las mejillas me ardían.

La respiración se acercaba.

La carne de gallina…

…..y sonó el puto timbre.

A las dos de la mañana solo podría ser algún perdido pero, de tanto insistir hasta casi quemar el telefonillo, empezamos a pensar que era una broma de mal gusto.

Cuando sonó la cerradura me llevé un susto de muerte. Me quedé sin sangre en el bolsillo cuando vi a una pijolis alta y guapa, al estilo de la Angelina Jolie, acompañada de una niña gótica que, a pesar de parecer una adolescente, corrió a las piernas de Guillermo como si tuviera dos años. Mientras tanto, la señora estirada me miraba con recelo.

“¿Y esta quién es? (SILENCIO INCÓMODO) ¿UNA MÁS de tus alumnas?”

Con la cabeza muy alta esperé que me defendiera, que la echara a patadas o que simplemente me presentara, pero no. Guillermo se acercó a darle dos besos que, como una buena ex mujer,  aceptó a regañadientes y le dijo que yo ya me iba, que simplemente había ido a buscar un libro.

Cogí el móvil con furia. 78 mensajes de 8 conversaciones.

JULIA: Lola, tenemos que hablar de negocios.

LOLA: Ven a buscarme. Estoy en Castellana 162. URGENTE.

Bajé las escaleras de cinco en cinco preparando un discurso de indignación por si corría detrás de mí pidiéndome perdón.

“Mira, ni lo intentes. Ya me puedes decir misa. ¡Vete a la mierda!”. El vecino del segundo me miró asustada. Lo había dicho en voz alta.

Esperé ansiosa pero Julia no me preguntó nada. Yo tampoco di explicaciones.

“Vuelvo a casa”.

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