LOLA. DÍA 11: Degustación etílica

Todos partimos de la ley básica y universal de que, para una buena resaca, la clave está en no mezclar. Yo, loca por el frenesí de la barra libre gratuita, empecé con el vino, degusté el whisky, probé el ron y acabé la noche con los gin tonic, que ahora están muy de moda y te dan un toque intelectual que no veas lo bien que sienta.

A las dos horas de fiesta, me dio un subidón que ni el mismísimo Pocholo con Kiko Rivera hubiera experimentado en sus mejores noches. Cada vez menos serena, pero muy digna, acabé bailando salsa con los colegas de Guillermo que eran estirados pero, lo reconozco, divertidos a más no poder.

Hubo un punto en el que perdí el horizonte de mi objetivo y, cuando vi a Curro correr con el cargamento de magdalenas por los pasillos, recordé el sentido de mi presencia en aquel nido de pijos.

Busqué desesperada a Julia en las zonas más chic de la party: en los sillones modo chill out, en el photocall, en la zona de música hipster….pero no aparecía por ningún sitio. (¡Qué raro!).

Siguiendo el rastro de las magdalenas, llegué a la cocina. Allí estaba mi querida sister con Guillermo (¡¡¡MUY FUERTE!!!), acercando sus caras peligrosamente. No podía creerlo, ¿se iban a liar? Quería matarlos. Me escondí. Julia se escurrió de las garras del depredador y salió corriendo, pero yo fui más rápida y salí a su paso. Se quedó blanca al verme.

No recuerdo muy bien el contenido exacto de su súplica, pero, en resumen, teníamos que salir de allí cagando leches porque la tal Marina, a la que le daba clases particulares, iba a descubrir todo el pastel. Lo que son las casualidades de la vida. Resulta que la niñata era hija de unos amigos de Guillermo que también estaban en la fiesta. Nada podría haber salido mejor, pensé.

Tranquilicé a Julia con un abrazo y le dije que no se preocupara, que todo iba a salir bien. Le juré que me marcharía rápido y, en esa fase cariñosa del pedo, hasta me dieron ganas de portarme bien. Ella respiró tranquila y yo preparé el terreno para mi gran momento.

Guillermo charlaba alegremente con los papis de Marina. Yo me acerqué lentamente. La niñita me miraba emocionada, encantada de verme, pero cuando le di un beso con lengua a Guillermo, la cara le cambió de color. El beso fue intenso, de película, pero no me pareció suficiente. Mi sed de venganza era insaciable.

La cabeza me daba vueltas. Perdí el norte. Cogí una copa de champagne y con una cucharilla llamé a los asistentes como si fueran mis siervos. Nadie me hacía caso y me subí a una de las mesas. La música paró y todos los ojos se posaron en mi brindis. Grité a los asistentes que había drogas en la fiesta y empecé a contar la historia de las magdalenas de la risa.

La vista se me nubló y lo último que recuerdo son los brazos de Curro llevándome en volandas y la mano de Julia tapándome la boca.

Me llamaron de todo pero a mí no me importaba nada. Yo estaba feliz.

De vuelta a casa, en la furgoneta, me dio por la risa fácil. Todos estaban cabreados y a mí me dio por cantar.

 

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JULIA. Día 11: El malentendido

Es que no hay urbanizaciones de lujo en Madrid que tenemos que coincidir en la misma fiesta mi nueva familia y yo.

Adiós a mi dinero extra.

Adiós a ser un modelo en la vida para alguien.

Adiós a mi entrada para ver a Black Keys.

Eso pensaba en la cocina de Guillermo con una copa de champagne en la mano mientras Marina me freía a WhatsApps y yo le respondía con excusas estúpidas: que si no sé si ponerme botines o zapatos de salón (“ni de palo, tía, hay que aprovechar estas ocasiones para ponerse los salón”), que si un cliente quiere cupcakes de cerezas y las tengo que importar de Chile urgentemente, que si  mi abuelo ha entrado en parada cardiorrespiratoria…

Guillermo me había invitado amablemente a ir con los demás, pero preferí esconderme y controlar que las magdalenas del Mutadona salieran al salón lo más tarde posible. El profesor aparecía cada poco tiempo entusiasmado por el éxito de nuestros muffins y a mí se me iban acabando los artesanales. Tuve que empezar a colar intrusos en esquinitas de las bandejas confiando en que la gente estuviera tan ciega (como dice Lola) que ni se diera cuenta.

“Tía, no te lo vas a creer. En la fiesta están rulando magdalenas con marihuana. TIENES QUE VENIR YA. Mis padres no me dejan probar, me tienes que ayudar a robar alguna. ¿No te parece una idea genial para tu negocio?  Muffins con marihuana. ¡Ya lo estoy visualizando! Tienes que contratarme. Corre, deja a tu abuelo en el hospital, ya no puedes hacer nada más por él.”

Mi pequeña Marina, a punto de convertirse en una drogadicta como mi hermana. En ese momento Guillermo entró en la cocina y me sirvió más champagne. Qué caballero.

-Vaya, vaya, con el profesor de universidad. ¿Desde cuándo te dedicas a pervertir a adolescentes?

-Vaya, vaya, con la hermanita pija de Lola. ¿Desde cuándo los ingleses enseñan a timar a la gente? ¿Lo aprendiste en segundo de Marketing?— Bueno, pues no estaban tan ciegos, no. Aplastó con la mano la magdalena marca Mutadona con mantequilla especial. Al final Lola y él van a tener algo en común. (Al margen de esto, uau, cuántas cosas sabía de mí, ¿no?)—.

-Pregúntale a tu querida Lola.

-No es su estilo. No te creo.

-¿No? Pues que sepas que saltó encima de las cajas como venganza por vendernos a ti. No sé qué le das.

-Ella se lo pierde. Lo siento por vosotros porque os iba a pagar muy bien.

-Relaja la pestaña —esta frase es muy de Lola— que el cargamento con más muffins caseros está de camino. Tú dile a la gente que vaya empezando con su viaje iniciático, que pronto llegará más combustible.

-Tenéis veinte minutos. —abrió la puerta de la cocina para marcharse —¿Y tú? ¿No vas a hacer ese viaje iniciático? —Guillermo se me acercó.

-Solo oler la mantequilla me da ganas de vomitar. Además, estoy trabajando.

-Ni que fueras guardia civil —QUE NI ME LOS MENCIONEN, POR FAVOR—Venga, solo un mordisco. —Guillermo se acercó peligrosamente.

-No, de verdad… —no había acabado de pronunciar mi tercera excusa cuando ya casi le tenía encima de mí. Le esquivé, que aunque siempre maldigo al embrión que se dividió hace veinticuatro años, mi hermana es mi hermana.

Salí de la cocina y me encontré con, ATENCIÓN, Lola DISFRAZADA DE MÍ y tambaleándose levemente (esto ya no me sorprendía tanto).

-¿Qué haces aquí? Vámonos.

-¿Por qué tienes prisa? Si hay champagne y magdalenas gratis.

-Marina y sus padres están aquí y no pueden verme.

-Ah, pues va a ser la cría que se me ha quedado mirando antes…

Volví a maldecir, mejor dicho, a cagarme en la bipartición del embrión.

LOLA. DÍA 10: Pa chula, yo.

Si Sandro Rey aceptara llamadas a cobro revertido, habría pedido un conjuro de los chungos, un mal de ojo para la traidora de Julia y sus secuaces. Es una pena que no crea en el vudú y en esas historias, pero me hubiera encantado que zombificaran a toda la cooperativa por los siglos de los siglos. Amén.

No saben con quién se la juegan. Hulk a mi lado podría parecer tierno y adorable. Ni un millón de infusiones calmarían una mala leche de tal magnitud que el ansia de estrangular a Julia me comía hasta los higadillos.

Después de la disputa pensé en irme a llorar a casa toda la tarde pero, una vez pasada la locura transitoria, me dije a mi misma que no, que la panda de energúmenos no se va a salir con la suya.

Con cautela, me escondí en frente del portal de Curro. Intuía que la operación no iba a parar y, efectivamente, no me equivoqué.

Una media hora después de la disputa, Julia salía rápido como una bala. Metieron varias cajas en una furgoneta que no pude identificar y se marcharon a toda velocidad. Se saltaron un par de semáforos. Ojala los pillara la policía, pensé (bien merecido lo tendrían).

Yo no entendía nada. Si me cargué casi todas las malditas magdalenas, ¿qué coño iban a llevar a la fiesta? Me fui a casa súper rayada. ¿Tendrían más bollos guardados en otro sitio?

Me puse el pijama de forro polar. Intenté leer un capítulo de El viaje estático al mundo planetario pero, evidentemente, no me enteré de nada. Lo peor de todo es que no tenía sueño y ni siquiera me entretenía el programa ese de la tele en el que todos salen en bolas.

Cuando el abuelo llegó a casa, yo debía de tener una pinta muy patética. Le di lástima y se ofreció para acompañarme a tomar una copa.

MARIANO: Hija, es sábado noche y eres joven. Vete al baile. Ya tendrás tiempo de ver la tele cuando seas como yo.

Tenía razón. Pues sí. Yo también quería mambo y del bueno.

Abrí el armario de Julia. Cogí su vestido negro de seda, ese que le regaló su ex pijo y que tanto le gusta. Sin duda, a mí me quedaba mucho mejor. La verdad que con la ropa cara podría dar el pego de una top model.

Zapatos en mano y pulso a contrarreloj. Si cogía el último tren estaba salvada. Hasta las Rozas tenía tiempo para echarme rímel y pintarme el ojo.

Cuando llegué a la fiesta nadie me preguntó si estaba en la lista de invitados. Un amigo trajeado de Guillermo me cogió del brazo como un galán y me invitó a una copa.

La noche acababa de empezar…

 

LOLA. DÍA 9: Dictadura

A pesar de que me gusta la democracia y todo ese rollo, me siento genial cuando me hacen caso como si fuera una líder suprema. Julia y Adri han agachado la cabeza y han comprendido que tengo razón. No más riesgos y nada de magdalenas a gran escala. Acabamos la cosecha del pueblo y después volvemos a ser pobres, pero honrados.

Cuando me vi con un pie en la cárcel sentí que tenía que reorientar mi vida. Quizás debería irme a Tanzania a cuidar monos, plantar un huerto ecológico en el pueblo y quedarme a vivir allí o viajar al Tibet para un retiro espiritual.

Menos mal que últimamente en casa he encontrado la paz. Parece que empieza el letargo invernal. El abuelo es el único que está en marcha, con el frío, ha aparcado la venta de cervezas y se ha pasado al bando del castañero y del churrero, siempre sabe bien cómo moverse para sacar la máxima rentabilidad.

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