LOLA. Día 15: ¡Bienvenida, China!

En casa de la familia Santos la cuesta de enero dura hasta mayo. Ya no queda dinero debajo del colchón y, la idea del abuelo de poner cirios y velas por la noche, empieza a asustarme. Dormimos con camiseta térmica, pijama y cinco mantas y, por si alguien tiene la tentación de encender la calefacción, mamá ha precintado los radiadores. No nos lo podemos permitir.

Por las noches, cuando me castañeaban los dientes y escuchaba a Julia sonarse los mocos, echaba de menos a Rob. A pesar de su olor a vómito de sangría, su alquiler pagaba gran parte del soporte energético.

Hace unos días, con la llegada del frío polar, comprendí que teníamos que albergar cuanto antes a un nuev@ Erasmus: simpátic@, sobri@ y solvente. La agencia de búsqueda que suele utilizar mamá no nos ha dado buenos resultados últimamente (Rob ha sido el más decente de los últimos cinco inquilinos) así que opté por hacerlo a mi manera. Puse un anuncio en la facultad y elaboré mi propio casting en la fotocopiadora. Casi todos suspendieron el test de alcoholemia, solo se salvó Jian Hao.

Cuando hice las presentaciones oficiales en casa, papá agachó la cabeza y las manos en un intento ridículo de saludar en modo chino, mamá se alegró por la energía relajante oriental que tendríamos a partir de ahora y Julia, con cara de espanto, se ofreció a hacerle un nuevo look. El abuelo, admirando su enorme mata de pelo, le cambio el sexo en dos segundos.

MARIANO: ¡Por fin una chica! Bienvenida, China. Para mi serás como una nieta más…

LOLA: Abuelo, es un chico. Se llama Jian Hao.

MARIANO: UY, ¿Cómo?… Eso es un lío, ¿y si le llamamos Manolo?

Jian aceptó su bautizo y se metió en el bolsillo a todos preparando su propia cena de bienvenida: arroz frito, pollo con almendras y…magdalenas. Nadie se las ofreció pero, al verlas tan apetitosas en una bandeja, él solito se sirvió más de media y todos nos miramos preparados para el espectáculo.

¡Ay qué ver cómo se le soltó la lengua! En perfecto castellano, (era un alumno muy aplicado) nos contó parte de su vida y obra en su ciudad natal en las montañas de Manchuria. Llegado el punto de éxtasis, Jian “Manolo” se emocionó hablando de sus aficiones y sacó sus patines para hacernos una demostración. Mamá, aterrorizada por perder el mobiliario y sus figuras caras de nuestra época dorada, prohibió terminantemente en casa aquellos “artilugios del demonio”.

MARIANO: No te preocupes chaval, que ya nos iremos tú y yo al Retiro para que me enseñes.

La imagen del abuelo surcando el mundo sobre ruedas me llenó de energía. Un buen chute era lo que yo necesitaba.

Quizás yo también podría apuntarme…

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