JULIA. Día 11: El malentendido

Es que no hay urbanizaciones de lujo en Madrid que tenemos que coincidir en la misma fiesta mi nueva familia y yo.

Adiós a mi dinero extra.

Adiós a ser un modelo en la vida para alguien.

Adiós a mi entrada para ver a Black Keys.

Eso pensaba en la cocina de Guillermo con una copa de champagne en la mano mientras Marina me freía a WhatsApps y yo le respondía con excusas estúpidas: que si no sé si ponerme botines o zapatos de salón (“ni de palo, tía, hay que aprovechar estas ocasiones para ponerse los salón”), que si un cliente quiere cupcakes de cerezas y las tengo que importar de Chile urgentemente, que si  mi abuelo ha entrado en parada cardiorrespiratoria…

Guillermo me había invitado amablemente a ir con los demás, pero preferí esconderme y controlar que las magdalenas del Mutadona salieran al salón lo más tarde posible. El profesor aparecía cada poco tiempo entusiasmado por el éxito de nuestros muffins y a mí se me iban acabando los artesanales. Tuve que empezar a colar intrusos en esquinitas de las bandejas confiando en que la gente estuviera tan ciega (como dice Lola) que ni se diera cuenta.

“Tía, no te lo vas a creer. En la fiesta están rulando magdalenas con marihuana. TIENES QUE VENIR YA. Mis padres no me dejan probar, me tienes que ayudar a robar alguna. ¿No te parece una idea genial para tu negocio?  Muffins con marihuana. ¡Ya lo estoy visualizando! Tienes que contratarme. Corre, deja a tu abuelo en el hospital, ya no puedes hacer nada más por él.”

Mi pequeña Marina, a punto de convertirse en una drogadicta como mi hermana. En ese momento Guillermo entró en la cocina y me sirvió más champagne. Qué caballero.

-Vaya, vaya, con el profesor de universidad. ¿Desde cuándo te dedicas a pervertir a adolescentes?

-Vaya, vaya, con la hermanita pija de Lola. ¿Desde cuándo los ingleses enseñan a timar a la gente? ¿Lo aprendiste en segundo de Marketing?— Bueno, pues no estaban tan ciegos, no. Aplastó con la mano la magdalena marca Mutadona con mantequilla especial. Al final Lola y él van a tener algo en común. (Al margen de esto, uau, cuántas cosas sabía de mí, ¿no?)—.

-Pregúntale a tu querida Lola.

-No es su estilo. No te creo.

-¿No? Pues que sepas que saltó encima de las cajas como venganza por vendernos a ti. No sé qué le das.

-Ella se lo pierde. Lo siento por vosotros porque os iba a pagar muy bien.

-Relaja la pestaña —esta frase es muy de Lola— que el cargamento con más muffins caseros está de camino. Tú dile a la gente que vaya empezando con su viaje iniciático, que pronto llegará más combustible.

-Tenéis veinte minutos. —abrió la puerta de la cocina para marcharse —¿Y tú? ¿No vas a hacer ese viaje iniciático? —Guillermo se me acercó.

-Solo oler la mantequilla me da ganas de vomitar. Además, estoy trabajando.

-Ni que fueras guardia civil —QUE NI ME LOS MENCIONEN, POR FAVOR—Venga, solo un mordisco. —Guillermo se acercó peligrosamente.

-No, de verdad… —no había acabado de pronunciar mi tercera excusa cuando ya casi le tenía encima de mí. Le esquivé, que aunque siempre maldigo al embrión que se dividió hace veinticuatro años, mi hermana es mi hermana.

Salí de la cocina y me encontré con, ATENCIÓN, Lola DISFRAZADA DE MÍ y tambaleándose levemente (esto ya no me sorprendía tanto).

-¿Qué haces aquí? Vámonos.

-¿Por qué tienes prisa? Si hay champagne y magdalenas gratis.

-Marina y sus padres están aquí y no pueden verme.

-Ah, pues va a ser la cría que se me ha quedado mirando antes…

Volví a maldecir, mejor dicho, a cagarme en la bipartición del embrión.

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