LOLA. DÍA 10: Pa chula, yo.

Si Sandro Rey aceptara llamadas a cobro revertido, habría pedido un conjuro de los chungos, un mal de ojo para la traidora de Julia y sus secuaces. Es una pena que no crea en el vudú y en esas historias, pero me hubiera encantado que zombificaran a toda la cooperativa por los siglos de los siglos. Amén.

No saben con quién se la juegan. Hulk a mi lado podría parecer tierno y adorable. Ni un millón de infusiones calmarían una mala leche de tal magnitud que el ansia de estrangular a Julia me comía hasta los higadillos.

Después de la disputa pensé en irme a llorar a casa toda la tarde pero, una vez pasada la locura transitoria, me dije a mi misma que no, que la panda de energúmenos no se va a salir con la suya.

Con cautela, me escondí en frente del portal de Curro. Intuía que la operación no iba a parar y, efectivamente, no me equivoqué.

Una media hora después de la disputa, Julia salía rápido como una bala. Metieron varias cajas en una furgoneta que no pude identificar y se marcharon a toda velocidad. Se saltaron un par de semáforos. Ojala los pillara la policía, pensé (bien merecido lo tendrían).

Yo no entendía nada. Si me cargué casi todas las malditas magdalenas, ¿qué coño iban a llevar a la fiesta? Me fui a casa súper rayada. ¿Tendrían más bollos guardados en otro sitio?

Me puse el pijama de forro polar. Intenté leer un capítulo de El viaje estático al mundo planetario pero, evidentemente, no me enteré de nada. Lo peor de todo es que no tenía sueño y ni siquiera me entretenía el programa ese de la tele en el que todos salen en bolas.

Cuando el abuelo llegó a casa, yo debía de tener una pinta muy patética. Le di lástima y se ofreció para acompañarme a tomar una copa.

MARIANO: Hija, es sábado noche y eres joven. Vete al baile. Ya tendrás tiempo de ver la tele cuando seas como yo.

Tenía razón. Pues sí. Yo también quería mambo y del bueno.

Abrí el armario de Julia. Cogí su vestido negro de seda, ese que le regaló su ex pijo y que tanto le gusta. Sin duda, a mí me quedaba mucho mejor. La verdad que con la ropa cara podría dar el pego de una top model.

Zapatos en mano y pulso a contrarreloj. Si cogía el último tren estaba salvada. Hasta las Rozas tenía tiempo para echarme rímel y pintarme el ojo.

Cuando llegué a la fiesta nadie me preguntó si estaba en la lista de invitados. Un amigo trajeado de Guillermo me cogió del brazo como un galán y me invitó a una copa.

La noche acababa de empezar…

 

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