Lola. Día 32. Los secretos de Guillermo Rivas

Me levanté sobadísima. Rivas ya estaba despierto. Empezaba las mañanas con tanta energía que me cansaba solo de mirarlo. Se levantaba temprano para correr, se duchaba y preparaba el desayuno para los dos (era un amor, desde luego). Mientras, yo vagaba por el salón y jugaba mentalmente (y casi sin querer) a que aquella era mi casa y Rivas, mi marido. Leía el periódico como lo hacen las mujeres interesantes de negocios y, de repente, me di cuenta de que algunas fotos de los muebles estaban dadas la vuelta. Me pudo la curiosidad.

Una pareja feliz con una niña y de fondo La Sagrada Familia. “Es mi hija. Se llama Lorena y vive con su madre en Barcelona”. Como siempre, el profe me asustaba con sus pasos sigilosos y su voz pegada a mi oreja. Jamás hubiera imaginado que tuviera una familia. En el desayuno me contó los secretos. Su trabajo había destrozado la relación con su ex. Nunca tenía tiempo para nada y decidieron separarse hace un par de años. “Soy un espíritu libre Lola. Soy un poco como tú”. (Guiño de ojo).

Aquel día él entraba pronto y yo tenía turno de tarde. Cuando Rivas se marchó empecé a pensar que ese ser misterioso podría guardar más historias ocultas en los rincones de la casa y, como una exploradora, me puse a inspeccionar cada rincón. Tenía que aprovechar aquella oportunidad única de cotillear los objetos personales del ser más deseado de toda la facultad. Empecé por el baño y solo encontré colonias caras y cremas de metrosexual. Me eché unas risas desde luego. La cocina era simple. Cuando llegué a su dormitorio pensé que ese sí sería el templo de los misterios. Ropa interior de marca, libros de Gabriel García Márquez y un mini bar al fondo. Me puse un whisky.

Cuando abrí el armario no podía parar de reír. Entre toda la ropa de lino había un par de camisas de cuadros, modernas, más propias de un militante de Podemos que de un activista pepero. Justo cuando la cogí para ponérmela descubrí que el armario tenía doble fondo. A tientas, toqué un cuerpo extraño, un material que parecía de película. Rivas guardaba, bien escondida, una pistola.

Me quedé bloqueada. No sabía qué hacer ni qué pensar. De mi mente salieron toda clase de teorías extrañas. O era poli o era un asesino. Lo que estaba claro era que yo, siendo tan pacifista y estando tan en contra de las armas, no podía permanecer en aquella casa ni un segundo más.

Como ya solía ser habitual recogí todas mis cosas en cuestión de segundos. Me sentía como un caracol que lleva la casa a cuestas. Esta noche pediría permiso para dormir en la facultad y mañana, justo el día que cobraba, podría alquilar una pensión de mala muerte durante un par de días. Me fui corriendo a la fotocopiadora rayada por mi gran descubrimiento. Siempre hubo algo que no me gustó de Guillermo. En sus clases siempre me mantuve alerta para no caer en sus redes de seductor. Debe ser que tengo un radar para los delincuentes.

Durante toda la tarde estuve con la mente en otra parte. Justo a la hora del cierre llegó Rivas muy serio. Me asusté. “He visto que has recogido tus cosas. ¿Tan mal te he tratado?”. Intenté parecer normal. Le dije que todo lo contrario que estaba muy agradecida pero que había encontrado un piso precioso por Ríos Rosas y me iba a mudar aquella misma noche. No me creyó. “Sé que has estado revolviendo en el armario. Déjame contarte todo”. Seguro que con lo despistada que era últimamente había dejado pruebas de mi inspección. ¡Mierda!, seguro que dejé la camisa hipster fuera y por eso me pilló.

Accedí a escucharle pero siempre y cuando fuéramos a un sitio público donde me sintiera a salvo. Sonrío. “Confía en mí Lola”.

Su poder de atracción y convicción lo había vuelto a conseguir. A los diez minutos estábamos en su coche rumbo a su casa. Sonaban Los Stones y no pudimos evitar ponernos a cantar los grandes temazos.

Presentí que iba a ser una noche muy larga.

“Lola, es una larga historia…”

 

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