Lola. Día 31. La morada de Rivas

Últimamente tenía el instinto asesino a flor de piel. Razones no me faltaban. En esta casa de locos no se regaban las plantas ni las personas (usaban poco la ducha) pero Sonia, con los efectos de las setas alucinógenas, debió pensar que mi ordenador era un geranio porque lo empapó de café sin disimulo, ni siquiera se molestó en que pareciera un accidente. La pantalla se apagó al instante y con ella todas mis ilusiones de dejar de ser la pringada de la fotocopiadora que vende magdalenas.

Desde que discutí con Adri y perdí la esperanza de sacar adelante nuestra revista, empecé a escribir día y noche un artículo sobre filosofía para la ponencia de jóvenes investigadores que empezaría esta semana. Soñaba con ser reclutada por algún cazatalentos que me quisiera en su equipo y así poder irme de España y vivir de lo que realmente me gustaba. Tal era mi obsesión, que dormía con una libreta debajo de la almohada y me levantaba a cada hora para apuntar alguna idea genial. Justo cuando acabé mi obra maestra y estaba escribiendo el último punto de la bibliografía, Sonia lo jodió todo.

La culpa era mía por no haber guardado una copia. ¿Por qué no me compré el disco externo alguna de las 1.000 veces que dije que lo haría? ¡Joder!, había que ser muy estúpida para no haber tenido más cuidado. Me puse echa una furia. Recogí mis cosas. No aguantaba ni un minuto más en aquel antro. Eso sí, antes de salir por la puerta solté unas cuantas perlas. Reuní a Josué y a Sonia en el salón y delante de ellos tiré su ropa y las cintas de Hostal Royal Manzanares por la ventana. ¡A la mierda! Eran la decrepitud de la sociedad con sus manías absurdas. Más les valía mudarse a un sanatorio mental o formar parte de un estudio sociológico, porque fuera de aquellas dos alternativas, su vida no tenía sentido.

No tenía donde ir. No podía volver a casa con el rabo entre las piernas. No podía contar con Adri. María me daba pereza. Necesitaba tiempo para pensar. Estaba agotada y al salir de la fotocopiadora me senté en el parque que hay en frente de la facultad. Me quedé dormida en uno de los bancos. “¿No ves cómo yo tenía razón? Los de izquierdas siempre vais de tirados. Queréis colonizar las calles… ”. Rivas me pegó un susto de muerte. Al salir de la última clase solía sentarse allí a fumar. Nunca imaginó encontrarme de acampada en el césped. Le conté mi historia muy resumida y sin decirme nada empezó a meter mis cosas en el maletero de su coche. “Tienes que dormir en un sitio en condiciones, como la gente de derechas, la gente de bien”. Me guiñó un ojo, otra vez (empieza a ser nuestro código) y nos fuimos rumbo a su guarida.

Olía a ambientador del caro. Todo estaba tan limpio y ordenado que daba miedo hasta pisar el parquet. Decoración minimalista, luces que se encendían solas, agua Solan de Cabras….¡cuántas pijadas juntas! “Lola, voy a preparar una cena para chuparse los dedos”. Jamón de pata negra y cerveza de importación, ¡tócate las pelotas! Me dio vergüenza mostrarle mis defectos y con una sonrisa de oreja a oreja, mostrándome en todo momento agradecida por su hospitalidad, me lo comí todo y me bebí hasta la última gota. ¡Qué asco! Me pasé toda la noche en el baño, tan pronto echaba los higadillos como me iba por la patilla abajo.

Al día siguiente me adelanté. Hice la compra por la mañana y cuando Rivas llegó yo ya había cenado. Poco a poco me empecé a encontrar más cómoda. Acostumbrarse a ser rico no es nada difícil. La sauna, el hidromasaje, la tele de pago…

Rivas me propuso que nos sentáramos a tomar algo en la terraza. Sacó dos cervezas pero rápido le dije que prefería un zumito. Le entró la risa floja. A la gente de “mi casta” no le pegaban las bebidas suaves.

De repente cambió de plan. Me propuso bajar al garaje. ¿Me querría llevar a lo oscuro?

Pero no había nada impuro en su proposición. Nos pusimos a jugar a los dardos hasta las tantas de la mañana. Perdí la noción del tiempo. Estaba tan bien…

Por un momento olvidé los problemas y al resto del mundo…quizás podría alquilarme una de sus habitaciones por un tiempo…

 

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