Lola. Día 30. Contigo no, bicho!

Me miraban, cuchicheaban, se reían y vuelta a empezar. Me sentía el monito de feria de la uni. No soportaba ni un minuto más el cachondeo que había provocado el vídeo de Chapas. La gente se había descargado la canción en el móvil y ya era oficialmente el himno de los pasillos, superaba en popularidad a las canciones del mundial.

A lo largo de la mañana fueron muchos los graciosetes que me hacían los pedidos a ritmo de rap y unas cuantas estúpidas no dejaban de “envidiarme” por ese chico tan “apuesto y elegante” que quería ser mi novio. Juré que al próximo que mencionara al Chapas le cruzaría la cara con un paquete de folios y, justo, hablando del rey de Roma por la fotocopiadora apareció. Sonriente, como un triunfador, saludaba a sus fans  y firmaba autógrafos. No daba crédito. Cuando se acercó a mi (toda la facultad expectante) no pude reprimir mi ira y se montó gorda.

Imbécil fue la palabra más bonita que le dije como unas 10 veces. Jamás me fijaría en semejante personajillo. Con esos pelos a lo Bisbal (pero en cutre) y esa barba de intento de hipster, era más feo que los elfos de los libros que tanto le gustaban. Vamos, que ni con un palo me acercaría a él. Ni desesperada, ni ciega, ni drogada…Lo nuestro era imposible en cualquier etapa histórica y en cualquier planeta o galaxia.

Solté en pocos segundos tantas burradas que la gente dejó de reírse y empezó a mirarme mal. Chapas, rojo como un tomate, me dijo que lo sentía y se fue al borde del llanto. “¡Te has pasado tres pueblos y has sido muy cruel!”. Los clientes empezaron a increparme como si aquello fuera una manifestación contra Montoro. Al fondo, Rivas calmó  el ambiente con unos aplausos y me ayudó a dispersar a mis detractores. “Ya sabía yo que los de izquierdas no teníais ni corazón ni sentimientos”. Me guiñó un ojo y me recordó que tenía una visita pendiente a su despacho. Se alejó tarareando la maldita canción…

Con la gilipollez del numerito no vendí ni una sola magdalena y me las tuve que llevar a casa. Por el camino, imaginé la súper cena que me iba a hacer como consuelo por la jornada de mierda que había tenido. Me pegaría un buen atracón, aprovechando que por fin había podido llenar la nevera.

Llegué al manicomio y no había nadie. Respiré aliviada. Me quité las zapatillas, me di una ducha de dos horas, me puse mi pijama de ositos y, al abrir la nevera… ¡estaba otra vez casi vacía! Me entraron los ocho males y busqué en la basura las pruebas del delito. Josué y Sonia me lo negaron pero hasta su aliento me decía que se habían zampado mi tofu.

Con una mísera magdalena en el estómago me fui a dormir. El ruido de las tripas me desveló y me levanté para engañar al hambre con agua. A oscuras, tropecé con los pies de Josué y casi me caigo. Estaban los dos en la cocina devorando mis muffins y, sin inmutarse, me pidieron más bollos para otro día. Les dije que los vendía y que, o me pagaban y me dejaban de mangar mis cosas, o que se podían ir a la mierda.

Sonia se puso hecha una furia, pero como le gustan las drogas más que a un tonto un lápiz y había probado la calidad del producto, rápido se le pasó el enfado y me pidió tres kilos de magdalenas. Acepté. Total, de alguna forma tenía que recuperar las pérdidas del negocio por mis días de ausencia.

Al día siguiente les llevé el pedido y, con la cantinela de que estábamos a fin de mes, fui perdiendo la esperanza de que me pagaran.

Y también he perdido unos pantalones que han desaparecido del tendal y que, sorprendentemente, son idénticos a los de Sonia (pero no iguales, dice ella).

Ya ni como, ni duermo, ni saco beneficios.

Me quiero ir de aquí, pero no tengo ni un puto duro…

 

 

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