JULIA. DÍA 29: Muy, muy strong

Lo de Arenur me ha sobrepasado totalmente. Yo con un tatuaje en el pecho no puedo, lo siento. Pero no me atrevo a decirle nada porque se ha portado tan bien conmigo… Le he pedido a Ismael que me traslade de zona. Esta mañana me ha llamado un montón de veces, pero no se lo he cogido. Al final le he mandado un WhatsApp (no vaya a ser que se presente en mi casa) para decirle que me han cambiado de zona y que ya nos veríamos. Ha sonado poco convincente. Supongo que tendré que inventarme alguna enfermedad contagiosa para no tener que verle en los próximos cinco años por lo menos.

Pero lo más strong viene ahora. Salí de trabajar, cogí el carrito de la compra como todos los días y fui a llevarle magdalenas a Lola a la fotocopiadora, que andaba escasa de género (ah, se me olvidaba decir que ha decidido dar señales de vida y volver al trabajo). Yo con mi cutremoñodeestarporcasa unos vaqueros cómodos, zapatillas y un jersey viejo. Ni gota de rimel. Pues llego a casa y ¿a quién me encuentro amasando harina con mi madre y Puri? A Michael. A MICHAEL. ¿A qué es muy, muy fuerte?

Resulta que me echaba mucho de menos, que quería verme y hablar conmigo, que no le gustaba nada el modo en que habían acabado las cosas. Quería invitarme a cenar y charlar conmigo tranquilamente. Uf. Me tiré literalmente a la ducha para quitarme toda la harina del pelo y me puse mi vestido azul cyan con las sandalias de tacón. Me di un montón de prisa -solo tardé dos horas- mientras Michael ayudaba a mi padre con los deberes de inglés de un niño.

Cuando salimos de casa los dos nos miramos el espejo (qué pena que no haya por aquí un fotógrafo de Vogue, porque estamos de portada) y mi madre nos hizo una foto para que la subiera al blog (tengo demasiado descuidados a mis followers). La verdad es que pasamos una noche de ensueño. Michael me llevó a un sitio precioso del centro, estuvimos charlando de London, de Brik Lane, de todo lo que habíamos vivido juntos… fue como volver a estar allí de nuevo. Hasta ese momento no me había dado cuenta de lo que echaba de menos a Michael. Por unas horas me olvidé de mi hermana, de las magdalenas, de Arenur y de Lavapiés. Recordé quién era yo misma realmente. Yo no soy alguien que se pasea por la ciudad con moños cutres y deportivas. Yo era algo mejor que eso. Me había convertido en una traficante de magdalenas con droga que se liaba con el primer cani simpático que se cruzaba en su camino. Y eso no podía ser: tenía que recuperar mi verdadera identidad.

Pero llegó el momento en el que Michael me soltó la bomba: se gradúa dentro de quince días y, atención, le han ofrecido un trabajo de ingeniero en Pakistán. EN PAKISTÁN. Bye bye a todas mis ilusiones de una nueva vida con él. A no ser que… me fuera con él. A PAKISTÁN. Por un momento me vinieron a la mente flashes de la casa de Abdul con quince inquilinos en tres habitaciones, de Salma y sus manitas pegajosas… Me halagaba que Michael quisiera que fuera con él tan lejos, pero esa decisión me ponía al borde del precipicio.

Llegué a casa aturdida y terriblemente cansada. Michael se tumbó a mi lado en la cama vacía de Lola. Y ahí fue cuando oímos al abuelo levantarse al servicio y hacer la declaración más inoportuna de la historia: “Pero, ¿la niña no andaba con otro chaval? Yo no me aclaro.”

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