Lola. Día 28. Inicio de tregua

La tensión se mascaba en el ambiente. Adri, sentado justo en frente de mí y yo rehuyendo su mirada. Quería echarle de allí a patadas, pero no sabía cómo. Tenía que darme alguna razón. Estaba tan cabreada que me entró un tic nervioso en la pierna, solo pensaba en matar a María. Ten amigas para esto, para que a la vuelta de la esquina te vendan.

Adri me leyó el pensamiento. “Me enteré por casualidad al ir a la cocina. Vi la nota que le dejaste, pero tranquila que ella no me ha dicho nada”. Sentí un alivio momentáneo y me enfadé conmigo misma por haber dejado pruebas tan evidentes. Ahora tocaba hablar de lo serio. Si estaba allí era porque algo sabía.

“Lola, siempre hemos sido buenos amigos y para mi eres la mejor, pero yo solo te veo así, casi como una hermana”. Me encendí con los ojos inyectados en sangre. Le dije que no hablase de lazos sanguíneos ni de mierdas y que se olvidara de nuestra amistad. Me sentí pisoteada y ridícula, como en las típicas rupturas de pareja en la que uno empieza con el rollo del “no es por ti, es por mi”…Antes de que empezara a alabarme y a comerme la oreja con halagos de lo maravillosa que soy (a pesar de que pase de mí), lo mandé literalmente a la mierda.

Adri es orgulloso y pensé que se marcharía, pero como un perro apaleado se quedó allí intentando hacerme ver que todo era un malentendido. Defendía a Julia todo el rato y eso me ponía aun más de los nervios. “Te prometo que ella no sabía nada y que está preocupada”. Empezó a entonar el mea culpa y le invité amablemente a que se fuera. Antes de darle un portazo en las narices me dio un sermón de los suyos sobre la familia y cómo estaban sufriendo por mí. No quise escuchar más.

Eso sí, me dejó tocada. Los echaba de menos. Los arañazos de Descartes, la risa del abuelo, los vómitos de Erasmus, la música relajante de mamá, los ronquidos de papá y la colonia nauseabunda de…En fin, recordé que tenía que ir a recoger mis cosas algún día.

Me armé de valor y aproveché la hora de la siesta porque sabía que no habría nadie en casa. Aun así abrí la puerta con cuidado, como los días en los que llegaba borracha a las 7 de la mañana. Erasmus me pegó un susto de muerte. Estaba, sobrio, estudiando en el salón. No daba crédito. Me habló en un español que entendí y me ayudó a hacer las maletas. Quizás últimamente no me había fijado pero me aseguró que estaba cambiando, que se había aburrido de tanta orgía sin fin.

Antes de irme me invitó a merendar. Me dijo que la casa no era lo mismo sin mí, que faltaba la alegría y el aire puro. Me entró la risa. Él se puso muy serio. “Lola, te adoran. Vuelve”. No estaba en mis planes pero al final acepté a quedarme a cenar.

Me trataron como una reina y nadie me reprochó la huida. Parece que me entendían. Mamá hizo albóndigas de verduras, el abuelo sacó el tequila y papá se animó a hacer un postre que nadie pudo tragar. Me sentí mimada y ni siquiera note la presencia de Julia que llegó sin decir nada, cenó en la habitación y se sentó en el sofá separada de todos, aislada, como si la hubieran echado de la manada.

Se me hizo tarde pero nadie me invitó a dormir. Sabían que era pronto para volver.

Yo no tenía ganas de ir al manicomio del Hostal Royal Manzanares pero tampoco quería quedarme en casa. Me abracé de casi todos para despedirme y Erasmus me dio un fuerte beso en la mejilla, de los típicos de las abuelas, de esos que suenan y te dejan llena de babas. Desde que esta sobrio no lo reconozco.

Al fondo vi a Julia MI escritorio, absorta en sus pensamientos.

Del 0 al 10 todavía la odiaba al nivel de la matrícula de honor.

No puedo volver.

No sé a dónde ir.

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