Lola. Día 27. Vida de manicomio

Las 6:30 de la mañana. Ni los gallos de pueblo se habían levantado y María ya estaba bailando batuka. Con su filosofía de que la vida es demasiado breve como para desperdiciarla, me tenía como un zombie somnoliento dando tumbos por la casa. Encima no me dejaba tomar café porque ella lo clasifica dentro de las drogas duras. Durante mi estancia en su casa se le ocurrió la genial idea de experimentar conmigo la desintoxicación de todo tipo de sustancias. El resultado: yo estaba que me subía por las paredes. O me mudaba de allí o dejaba de ser vegana y me convertía al canibalismo.

Intensifiqué mi búsqueda de hogar hasta que por fin encontré algo decente. El piso estaba en la zona de Ventas. Amplio, luminoso, dos baños y cama de matrimonio. El casero era tan majo que me pasé toda la tarde charlando con él de la movida madrileña y de su época estudiantil. El hombre era un jovenviejuno de edad indeterminada, barba canosa y pendiente en la oreja. Un tío muy enrrollao.

Cuando llegó una de las chicas que vivía allí sentí una conexión al instante. Sonia era punky, vegetariana y fan incondicional de los Stones. No podía pedir más. Ya era hora de tener un poco de suerte.

Sin pensármelo mucho cogí la mochila con mis cosas y le dejé una nota a María en la nevera. “Gracias por todo. Eres mi más mejor amiga pero, como polluelo que sale del nido, tengo que volar”. Le puse la dirección del piso al que me mudaba y le pedí que por favor me guardase el secreto. No quería ver a nadie. Ella me entendía.

Llegué a mi nueva morada con ganas de meterme directa a dormir pero mis compañeros me habían preparado una cena de bienvenida con una torta de champiñones y espinacas. Además descorcharon una buena botella de vino que me hizo olvidar todos los problemas.

Josué, el otro compi, era un amor. Me había limpiado el cuarto y me había comprado una cesta de frutas como si fuera un hotel de lujo. Me pareció excesivo pero me dejé querer. Muerta de sueño, les di millones de gracias por el recibimiento y caí rendida en el colchón.

Serían las 5 de la mañana cuando me desperté sobresaltada por una extraña sintonía. La cuestión es que me sonaba la melodía pero no sabía identificar de qué. Como una rata del flautista de Hamelin repté hasta el salón y vi a Josué delante de la tele, hipnotizado, viendo a Lina Morgan. Me descubrió en la penumbra y me invitó a sentarme en el sofá con él. “He preparado palomitas”. El colega padecía de insomnio y se dedicaba a ver cada noche la serie de Hostal Royal Manzanares. La tenía grabada en cintas de vídeo y se sabía los diálogos de memoria. “Me parece magistral y no puedo dejar de verla”. Estaba tan entusiasmado que me dio miedo.

Con el sonsonete no conseguí pegar ojo. Aquel chico estaba zumbado. De todas las aficiones y manías, jamás esperé encontrarme con un panorama parecido. No sabía si llorar o reír, lo que estaba claro es que no podía irme a la primera de cambio. Dormiría con tapones y punto.

Por la mañana me desperté con el olor del café. ¡Qué gusto!La mesa de la cocina estaba llena de zumos y había también bollos de mantequilla pero, justo cuando le iba a pegar un mordisco, Sonia me detuvo con un grito. Me asusté. Me dijo enfadada que todas las mañanas había que rezar en el altar antes de desayunar. “¿Estas de coña?”.

En el salón tenían un mueble lleno de extrañas vírgenes y los dos, cogidos de la mano, oraban con discursos sin mucho sentido. No tuve más remedio que unirme pensando que aquella misma noche yo me iría de aquel puto manicomio.

Me encerré en el baño para darme una ducha y asimilar lo que acababa de ver. A los dos segundos sonó el timbre. “¡Lola, tienes visita!”.

Me pareció escuchar la voz de Adri. ¡Mierda!

¡No podía ser!

 

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