Lola. Día 26. La odisea de buscar piso.

Pegué un portazo tan fuerte que tembló el edifico. En aquel momento, con tal de no volver a ver la cara a Julia, me hubiera ido a China, pero la casa de María me pillaba más cerca y necesitaba consuelo rápido, un servició de psicología exprés para situaciones de crisis. Me abrió la puerta con una túnica de colores y nada más entrar al salón vi un círculo de velas aromáticas en el suelo. Sonaba música relajante y, después de un abrazo que casi me deja sin respiración, María me invitó (me obligó más bien) a plasmar en un cuaderno mis frustraciones.

Yo no soportaba aquellas mierdas de tratamientos astrales que ella se inventa como terapias propias y me dediqué a dibujar cuchillos, pistolas y alguna que otra bomba. Hasta un niño de dos años habría sacado la conclusión de que mis dibujos expresaban ira. “No te lo tomas en serio y así no te podré ayudar”. Me puse a llorar como una magdalena y le dije, una vez más, que solo necesitaba cobijo. No podía volver a casa.

Compartir techo con la traidora de mi hermana sería imposible pero aguantar a María tampoco era nada fácil. Por las mañanas hacía extraños rituales de iniciación de la jornada y me obligaba a madrugar para canalizar mis energías positivas. Era una maniática del orden y si cambiaba cualquier cosa de sitio me daba charlitas sobre Feng Shui. Necesitaba encontrar un piso cuanto antes si no quería volverme tarumba.

Empecé con un ático de Tribunal.  A las 5 tenía una cita con la de la inmobiliaria, una chica que parecía modelo y que quería no parecer desesperada por colarle un alquiler a alguien a toda costa. Me vendió el piso de la peor manera que lo podía hacer. “Es ideal para parejas y con jacuzzi incluido”. Me guiñaba todo el rato un ojo y a mí me daban ganas de estrangularla. A pesar de todo, era un sitio acogedor y me apetecía estar sola, a mi aire, sin tener que aguantar gilipolleces. Le pregunté el precio como unas seis veces a lo largo de la visita y evadía la respuesta. Olía mal. Me acabó soltando que el nido de amor valía unos 700 euros al mes. A la mierda.

La segunda visita fue un tanto peculiar. Estaba tan tirado de precio que era muy sospechoso. Cuando llegué a Puente de Vallecas me encontré una casa comunal en la que animales y humanos comían de la misma cazuela. Solo había dos tenedores que compartían unas 15 personas. Tampoco había vasos, utilizaban latas acabadas de aceitunas y cervezas. Menudo asco. Además no podías encariñarte de los compañeros porque la gente siempre estaba de paso y uno sabía con quien se podía acostar pero al levantarse siempre podía haber sorpresas. Yo soy de espíritu hippie, pero no tanto. Aquello no era para mí.

La única esperanza era Dolores. El anuncio que vi en el periódico no pintaba nada mal. Piso económico. Zona retiro. Ideal estudiantes y gente con pocos recursos. Se ofrece un trato completo. Cuando llegué me recibió una mujer mayor, la típica abuela entrañable que te pone un café y la merienda sin pedírselo. El sitio estaba genial y 200 euros al mes era algo razonable. Casi me atraganto cuando dijo que ella vivía allí y que podría hacerme la comida, lavar la ropa y hacerme la cama. Dolores estaba sola y necesitaba alguien con quien leer y coser en la terraza. Me despedí muy amablemente diciéndole que lo pensaría. Ni de coña.

La cabeza me iba a explotar. Entre las llamadas de las inmobiliarias y los mensajes de Chapas pidiéndome una cita quería tirar el móvil a la basura. Y lo hice. Antes mandé un mensaje a mamá para que no se preocuparan.

Estoy bien. Estaré desconectada un tiempo. Recuerdos para casi todos.

 

 

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