Lola. Día 23. Elecciones Eurodivertidas.

Ni Amancio Ortega tendría tanta iniciativa empresarial como el abuelo. El tío está hecho un crak en los negocios. Desde que se le ocurrió vender magdalenas en las colas de la compra de entradas de futbol y de los toros, no para.

Aprovechando las elecciones europeas me propuso cocinar dos tandas de cupcakes para llevar a la puerta de los colegios donde se votaba. En un carrito de la compra metimos bollos sin sustancia y en una caja guardamos las que llevaban sorpresa, solo por si acaso, por si de manera excepcional podíamos colar alguna.

Yo no tenía mucha esperanza en el plan pero sobre el terreno me sorprendí. La gran mayoría de los vecinos había madrugado y, con las prisas, ni habían desayunado. Después, a mediodía, el hambre se apoderó de los presentes y no dábamos abasto repartiendo dulces.

Todo transcurrió con normalidad hasta que Pelayo, un pijo repeinado con gomina, la lio parda. Por lo que contaba la gente, el chico intentó meter más de un sobre en la urna y, cuando le explicaron que no podía, se empezó a reír diciendo que si no ganaba el Partido Popular, los anarquistas dominarían el mundo. Se cabreó cuando los representantes de las mesas electorales le intentaron sacar a la fuerza y, al salir a la calle, empezó a increpar a la gente con barba gritándoles que eran de Izquierda Unida y que más les valía afeitarse y tirar su voto a la basura.

La policía llegó y se lo llevaron detenido. Automáticamente los medios de comunicación aparecieron persiguiendo el morbo. Debía ser lo más relevante de la mañana.

El abuelo lloraba de la risa y rápido entendí su estrategia. Me juró que había sido un error. Supuestamente se confundió de magdalenas al vendérselas y el pobre Pelayo perdió la compostura.

No me creí nada. A lo largo de la mañana conté hasta unos diez trajeados con pinta de peperos que salían demasiado contentos de ejercer su derecho. Muchos se desabrochaban la camisa y se quitaban la corbata. El abuelo lo estaba haciendo aposta. “Ya es hora que dejen de ser tan siesos, ¿no?”

Yo que creía que no me quedaba nada por ver, aluciné en colores cuando llegó un coche escoltado por cuatro patrullas y con más seguridad que la del mismísimo Rey. Resulta que la Esperanza Aguirre pertenecía al distrito y llegó a votar con su mejor sonrisa. En cuestión de segundos el abuelo se hizo pasar por un gran admirador. No sé cómo lo consiguió pero convenció a los gorilas que la protegían y, cuando me quise dar cuenta, le estaba danto un abrazo a la presi y sacándose una foto con ella. Lo mejor fue el momento del muffin casero y rico que le ofreció y que la otra se comió delante de las cámaras.

Menudas declaraciones tan absurdas. Los periodistas se frotaban las manos con las barbaridades que dijo la Espe que empezó a comparar a Rajoy con Cristiano Ronaldo y a Simeone con Arias Cañete. Para rematar la faena se hizo tal lío en el discurso que se animó a bailar un chotis. Increíble.

Cuando por la noche todos veíamos las noticias nadie pareció sorprenderse. Julia, con los ojos llorosos, ni miraba la tele; papá ni levantó la cabeza de los exámenes que corregía y solo mamá se dio cuenta del guiño que me hizo el abuelo. Aun así nuestro secreto estaba a salvo.

La expansión de nuestras magdalenas en el mercado había llegado hasta las altas esferas.

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