Lola. Día 22. El abuelo simplemente es Dios.

Llevo dos días sin cocinar con Julia y, aunque me cueste reconocerlo, sin ella esto es un poco soso. La pija siempre se esmeraba en adornar los cupcakes con azúcar de colores y lo dejaba todo mucho más aparente. Los clientes, que comen con los ojos, estaban asustados porque esta semana pensaban que no eran las mismas magdalenas. Menos mal que al probarlas ya se quedaban tranquilos y querían consumir sin parar.

Otra cosa era el trato con el cliente. Julia ha aprendido con esto de la captación técnicas muy buenas para atraer al público. Es como que tenía más empatía con la peña y todo el mundo se le acercaba para probar la mercancía. Hablaba con ellos, les contaba un poco su vida y le acababa vendiendo una caja entera de bollos. Yo no tengo tanta paciencia ni tanta facilidad.

Pero no la iba a perdonar. Lo que ha hecho es maligno hasta decir basta. Creo que nunca olvidaré su traición a pesar de que lo que más me duele es lo del abuelo. Siempre fui la nieta favorita, la luchadora, la simpática y, a la hora de compincharse, la eligió a ella. No lo podía entender.

En mi cabeza había elaborado un plan de enfado exhaustivo. A Julia no la hablaría por tiempo ilimitado. Con el abuelo, como en el fondo lo adoraba, solo estaría de morros un par de semanas y después habría un acercamiento de posturas.

En esos pensamientos estaba cuando de repente el yayo llegó y me dio un beso. Me dijo que lo sentía y que tenía que aceptarle un pequeño regalo.

LOLA: ¡Pero si estaban agotadas! ¿Cómo has conseguido entradas para ver a los Stones. No puedo aceptarlas. Es demasiado.

ABUELO: Hija, cógelas. Puede que, para cuando vuelvan, alguno de ellos ya haya muerto. Quizás esta vez sea la última que actúen todos juntos.

No sé qué clase de contactos tenía este hombre, pero por menos de 100 euros no las podría haber sacado. Solo con la venta de cerveza y de muffins no creo que lo hubiera conseguido. Tenía que haber algo más.

ABUELO: Tu madre me quita toda la pensión para los gastos de la casa y yo tengo derecho a tener mi dinero para mis cosas. Por eso acepté trabajar con tu hermana, porque me ofreció una buena comisión.

Con ese sobresueldo, que guardaba en el falso bote de la dentadura que había en el baño, se pagaba sus vinos, las excursiones con los amigos y sus tabletas de chocolate caro. Además, en su modo visionario de ver los negocios, había emprendido una nueva tarea. Aprovechando las grandes colas que se formaban en los estadios para comprar entradas de partidos de Liga y Champions, el abuelo cobraba por horas dispuesto a esperar el tiempo que hiciera falta para sustituir a sus clientes. Y ahora que llegaba la época de toros ya había negociado con muchos viejetes, más vagos y cascados que él, para sustituirles en las colas y así sacar una pasta.

¡Cómo le admiro! El abuelo es mi mentor. Le perdoné en el momento y de corazón. Debía ponerme en su lugar y puede que con esa situación yo hubiera pensado lo mismo. No lo hizo a malas y yo sé que me quiere tanto como yo a él. Así que ante esta justificación moral acepté la entrada con la condición de que él viniera conmigo.

Estaba dispuesta a mover cielo y tierra, a gastar la pasta que fuera necesaria (aunque la revista de filosofía quedase un poco más lejos), pero como que me llamaba Lola yo conseguiría otra entrada para el abuelo y juntos disfrutaríamos de los Stones que tanto nos gustan a los dos. Él no entiende las letras pero se deja llevar por el ritmo. Lo mismo baila un pasodoble de Manolo Escobar que lo da todo con el mayor estilo roquero posible.

Sería un concierto mítico.

Abuelo simplemente es mi Dios.

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