Lola. Día 19. Niña, me lo quitan de las manos!!

Las gitanas del metro de Carabanchel lo venden todo. Al final de la mañana se le han agotado los manojos de romero, las bragas, los pintalabios que han robado en el Carrefour y todas las frutas, ajos y flores que llevan en la fragoneta. ¿Qué cómo lo hacen?, pues muy sencillo, a ellos le funciona la amenaza directa y la mala hostia. “Niña, niña…¡leches niñaaa!, que te he dicho que vengas pa´ aca cooñoo”. Y la gente asustada se acerca y le acaba comprando medio chiringuito, hasta se dejan leer la mano si hace falta. En la zona de Nuevos Ministerios he llegado a ver como una “rubia guapa” de unos 85 años les sacaba un billete de 50 euros para evitar el mal de ojo. Observando sus tácticas de venta yo debo ser una auténtica pardilla.

No le dejaba de dar vueltas a cómo introducir las puñeteras magdalenas en el mercado de manera más eficaz hasta que, mirando la vida pasar una noche de resaca a las 7 de la madrugada, se me encendió la bombilla. A esas horas en las que pierdes la cuenta de cuantas copas llevas y siempre quieres tomar la última pero te echan, de repente te entra un hambre voraz. Te comerías un buey, cualquier resto de sobras que haya en la nevera o el primer bocadillo que te ofrecieran por la calle. Ahí estaba nuestro nicho esperando a ser explotado.

Manos a la obra. El sábado preparé una nueva hornada y la tuve que hacer sola porque Julia, una vez más, estaba ausente. Últimamente o llega tarde o me llama para poner excusas absurdas. Al final todos se escaquean y la que pringa soy yo. Menos mal que las hice a tiempo y no se quemó ninguna. Cogí el carrito del abuelo para transportar la mercancía hasta la zona de fiesta y al intentar colocarla vi que había migas por todas partes. Parecían restos de cupcakes… ¿pero por qué estarían allí?… Me fui con la mosca detrás de la oreja. Tenía una conversación pendiente con el abuelo.

En la zona de captación de borrachos todo fue a pedir de boca. A la salida de la discoteca regalé la primera magdalena y la devoraron en segundos. Media hora después, cuando la risa y el buen rollo empezaban a fluir, me las quitaban de las manos. Vendí todas las que llevaba (dinero contante y sonante) y ya tenía más de 20 pedidos para los próximos días. El intercambio a partir de ahora se haría en la fotocopiadora, que parecía un lugar más discreto y seguro.

Al día siguiente, en la facultad había cola para comprar. Entre los pringaos de la zona de fiesta también había muchos clientes habituales a los que les habrían recomendado nuestros bollos y habían cambiado de opinión. Nuestro producto ya no era una chorrada. A los que no podía catalogar era a un grupo de hombres elegantes que superaban la media de edad y llamaban la atención entre los rastas y los tirados que venían normalmente. Eran amigos de Rivas, me lo dijeron cuando les tocó su turno. Se notaba que tenían pasta de verdad porque pedían magdalenas a largo plazo y también pagaban por adelantado.

Perdí la cuenta de la recaudación. Cuando cerré me fui a ver a Adri entusiasmada por los resultados y por mis nuevas ideas. “Mira, Julia no hace ni el huevo. Reconozco que tuvo la idea pero la que está dale que te pego a la cocina soy yo. Si recibe un poco menos de lo acordado tampoco pasa nada.” A Adri no le hizo ni puta gracia. Él, defensor de la justicia, no podía permitirlo. Después de darme uno de sus discursos acabó entrando por el aro, me lo debía. Yo me vestí de medio pilingui para seducir a Rivas, ¿no?, pues él debía hacer la vista gorda. Además los dos saldríamos ganando porque la edición de nuestra revista estaría más cerca.

Con el éxtasis de tanto triunfo volví a casa con una inyección de adrenalina y me encontré a todos de bajón, dispuestos a echarse la siesta. El abuelo me rehuía y dijo que ya hablaríamos otro día. Estaba rarísimo. Ya ni cervezas, ni charlas, ni complicidad…Julia también llegó hecha polvo, con unas ojeras que le llegaban hasta los pies y vestida sin conjuntar. ¡Ya no se maquilla y ha sustituido los tacones por unas bailarinas!

Como si encerraran a un veinteañero que va a tope con ganas de fiesta en una residencia de ancianos. Así me sentía yo.

Me fui al Rustrel en busca de juerga. Por lo bien que lo había hecho tequilita pa´ el pecho.

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