JULIA. Día 18: Salma

Estoy superdecepcionada con Ismael. No, en serio, me siento muy estúpida. Es que ha entrado una tía nueva en el equipo, pero superpava además, que no se paran con ella ni los babosos. Sosa, sin estilo ninguno. Pues ha superado la prueba y ahí está, con Ismael, riéndole las gracias y haciendo el subnormal toda la mañana. A mí ni me ha invitado al café del descanso ni nada. Que me da igual, vamos, pero que no entiendo tanto interés, tanto interés y de un día para otro va y como si no me conociera. Pues eso tampoco lo veo normal, qué quieres que te diga.

De todas formas, estoy muy liada con nuestro negocio, así que mejor que esté centrada. Robando a Lola no conseguimos suficiente material para vender, así que hemos buscado alternativas: sigo practicando repostería por las noches, pero la marihuana que me trae Rastas es de peor calidad y deja un sabor un poco raro. No le gustan ni al abuelo.

Abdul insiste en que hay que encontrar condimento de calidad y barato, que si no se nos dispara el precio de la materia prima. En su trastienda él, Rastas, el abuelo y yo hemos entrado en crisis porque tenemos varios pedidos, la masa de mis magdalenas está llena de grumos y no tenemos ingrediente especial. Entonces al abuelo se le ha ocurrido comprársela “al amigo hippie de la otra niña” (se refería a Adrián), que como encima no venden una magdalena, pues les sobra. Hemos mandado a Rastas a negociar -error, provocaría el inicio de la Tercera Guerra Mundial- y Adrián le ha timado un poco así que vamos a tener que subir el precio de las magdalenas. Yo sé qué puntos hay que tocarle a Adrián para que se porte bien, pero claro, no puede enterarse de mi doble distribución… Aún así le ha dicho a Rastas que le sonaba su cara, (claro, lleva siendo mi guardaespaldas como un mes) así que no podemos arriesgarnos mucho).

Con todos los ingredientes hemos ido a casa de Abdul cuando ha cerrado la tienda y hemos puesto las manos en la masa. Qué casa. Mira que yo por el camino me lo iba temiendo, pero es que fue incluso peor. Allí no paraban de salir niños de debajo de las mesas, de las camas, del fregadero… Yo es que no soporto a los niños, no me importa del país que sean, no soy racista, los odio a todos por igual. Rastas, que es tonto, dice que los niños son alegría y Abdul le da la razón mientras pesca a una de unos cinco años llena de mocos trepando por una cortina y la puso a amasar pan. Yo preferí no saber dónde había puesto las manos antes. Salma -así se llama la doblemente mocosa- según ha dejado la masa de las magdalenas cuando se ha aburrido se ha limpiado en mi pañuelo. Vamos a ver, ¿esta gente no se cubre la cabeza para que solo las vea el marido o algo así? ¿Los fulares no son sagrados?

Encima la niña se me ha pegado con pegamento. Mira que yo debo tener cara de comerme niños crudos, porque todos gritan en cuanto me ven, pero ella no. Solo ha llorado cuando le he quitado una magdalena recién salida del horno para evitar posibles intoxicaciones. No la culpo, porque a Abdel le han salido riquísimas. Parece que le vamos cogiendo el punto…

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