Lola. Día 17. Cata de Cupcakes

La Puri es una gorrona. Cuando llegué a la cocina se estaba preparando un Cola Cao y pretendía mojar mis magdalenas en la leche. Rápido se las quité de las manos y le dije que ni las tocara. Estaban contadas y eran todas para la cafetería de la facultad. Parece que llegué a tiempo porque solo se había comido media y no le noté nada raro, ningún efecto secundario (ya la tía es rara de por sí).

Como todos los días la pesada vino a incordiar. La Puri es la que ideó lo de la cooperativa y como no tenía ni idea de cocinar, ni de hacer cuentas, ni de buscar clientes (vamos, que no sabe hacer nada) pues se dedicaba a leer revistas y a ver los programas de Jorge Javier mientras que Elvira preparaba los ingredientes y los moldes.

Mamá no quería dejar en nuestras manos la elaboración de lo que ella llama su tesoro. No aceptaba que sus recetas eran un asco y que si quería salir a flote tendría que ponerse en nuestras manos. Cuando Julia y yo nos atamos el delantal y le explicamos que ahora nosotras estábamos al mando perdió los nervios. A pesar de que ella es el ejemplo de la calma más absoluta no se resignó a que la dejáramos de lado en su negocio. Se ha empeñado en supervisar todos nuestros movimientos y nos dejará ser las chefs en versión de prueba siempre que respetemos la armonía familiar.

Por eso Julia y yo manteníamos sonrisas forzadas, incluso, en ocasiones, aparentábamos tenernos cariño. Mamá se quedaba contenta y con tal de vernos hacer algo juntas nos daba más cancha. Lo que no sabía es que en el fondo me daban ganas de embadurnar los pelos de Julia de harina y huevo porque no la soporto. Incluso le tiraría la batidora a la cabeza en más de una ocasión. La chula se arregló hasta para cocinar como si hubiera cámaras que la estuvieran grabando al estilo Gran Hermano. Además bailaba y cantaba con exceso de felicidad. Insoportable. Se nota que últimamente está triunfal, como lo de vender los cupcakes fue idea suya se sentía importante y no había quien le tosiera.

He de reconocer que, a pesar de que la mataría, la necesitaba para distraer a Mamá. Justo en el momento crucial en el que había que mezclar las sustancias, Julia se la llevaba al salón para hablar de cosas de Marketing. Se entendían a la perfección (sabe manejarla) y así yo aprovechaba para darle el toque maestro a los bollos.

La hornada estaba lista, caliente y jugosa para la degustación. La metí en cajas y me la llevé a la fotocopiadora dispuesta a que no sobrara ni una. Adri y yo habíamos creado un evento en facebook para reunir a los clientes habituales. Seguro que si las probaban sería un éxito.

A todos les parecía una autentica chorrada que pretendiera darles la merienda. “Esto no es el patio de un colegio”. Ni siquiera olieron las magdalenas. Vi la decepción en sus ojos. La mayoría había acudido con demasiadas expectativas. No sé lo que esperarían, pero eso desde luego que no. Algunos me dijeron que, si era una broma, no tenía gracia.

Todos se fueron en estampida y me quedé con cara de tonta comiendo los malditos cupcakes. Uno detrás de otro y otro…y sabía que el empacho era peligroso pero ya me daba igual.

¿A quién iba a engañar ahora?

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