JULIA. DÍA 16: Bollería con condimento

Yo sé que si mi hermana no me lleva la contraria no es feliz. Si yo digo blanco, ella negro, yo digo qué hortera, ella guapísimo, tía; si yo digo delinquir a ella le apetece ir por la vía legal. Parece que se me ha ido la olla un poco, pero ese es nuestro grado de desesperación familiar. La cooperativa de mi madre nos va a llevar a la ruina, ni Toñi, Puri, Carmina ni Curro pasarían ni la primera fase de Masterchef Junior. Y el azúcar, la harina y todo el caramelo de colorines que compra mi madre al por mayor nos cuesta casi lo que gana mi padre dando clases particulares. Ayer estuve hablando con él sobre el tema para pedirle que hable en serio con mi madre, pero no quiere ni hablar del tema.

-Cuando se quedó en el paro estuvo seis meses sin salir de la cama. Si se entretiene con las magdalenas, pues mira qué bien.

-Papá, no es que se entretenga, es que nos va a arruinar, ¿tú sabes cuánto cuesta una visita al notario? Más que a un cirujano plástico.

-Bueno, yo estoy buscando trabajo y ahora también tenemos tu sueldo, ¿no?

-Sí, pero yo necesito ahorrar para volver a Londres.

-Hija, tenemos que hacer un esfuerzo para ayudar a tu madre, no podemos dejar que se hunda otra vez, no lo soportaría. Además, si seguro que se aburre de la cooperativa y vuelve a vender magdalenas a los vecinos, yo no veo que tenga mucha afinidad con Toñi.

Así que para que mi madre no se deprima tenemos que hundirnos el resto de la familia. Pues no lo voy a permitir, mi padre tiene horchata en las venas y piensa que los problemas se van a resolver solos. Si es que son hombres. Yo sigo con la idea de las magdalenas con condimento, me parece que es un nicho de mercado que aún no está cubierto. Que yo no las pienso probar, eh, pero que reconozco que es un producto de calidad. Además, las cultiva Adri y solo las riega con agua, son totalmente naturales. No quiero que recaiga sobre mi conciencia intoxicar a la gente o crear nuevos yonkis. Yo solo quiero que la gente se relaje un poco…

Se me ocurrió hablar con Rastas y con Abdul, el chico pakistaní de la tienda de debajo de mi casa para distribuir bollería con condimento. Rastas está entusiasmado con la idea y el abuelo salió de la trastienda con un carro de cervezas para felicitarme por la iniciativa. “Pensé que se le había ocurrido a la otra, tú eres más sosa”. Gracias, abuelo, ya veo quién es tu nieta favorita. Abdul estaba un poco reticente, pero el abuelo se encargó de convencerle diciéndole que él mete las magdalenas en el carrito con las cervezas, no hay problema.

(¿Esta es mi familia?)

Cuando volví a casa me esperaba una sorpresa aún mejor: Adri y mi hermana. Me habían comprado unos bombones Caja Granate, mis favoritos desde pequeña. No, si Lola cuando quiere… Entre bombón y bombón me confesaron que se precipitaron al decirme que no, que al fin y al cabo yo he estudiado para esto, para vender y visualizar oportunidades de negocio y que ellos no saben. Les dejé que se arrastraran un rato, a Adrián no le costaba mucho, pero Lola estaba verde. Lo de vender magdalenas en la fotocopiadora parece que va a tirar para adelante. Lo de vender magdalenas con la cerveza de mi abuelo, parece que también. Un muffin para cada día despega, por fin. ¿Y de dónde voy a sacar yo ahora tanta marihuana?

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