JULIA. DÍA 15: Casablanca

Michael ha vuelto a casa. Hemos llorado los dos, rollo Casablanca (no la he visto, pero creo que hay una despedida triste y un avión). Reconozco que no se ha adaptado del todo mal, si es que es un cielo. Y yo pensando que se había olvidado de mí… Ahora estoy más segura que nunca de nuestro amor y sé que tengo que trabajar mucho para poder volver a Londres. Ese es mi objetivo. Por si fuera poco el bajón de lo de Michael, mi madre me ha metido en otro lío: una cooperativa de cupcakes y muffins. Mi padre está que ni duerme ni come y tiene ampollas en los pies de repartir curriculums hasta en el McDonalds.

Es que montar una cooperativa en España cuesta dinero. Notarios, un gestor, seguridad social… un lío. De momento son cuatro socios: Puri, Curro, Carmina y Toñi. A todos los ha conocido en un curso de orientación para la búsqueda de empleo que dio la trabajadora social del barrio. Allí vieron la luz con esto del emprendimiento: a España la sacamos nosotros de la crisis, dicen. Que hay que comprometerse con nuestro país y con nuestro proyecto de vida ¿Haciendo magdalenas saladas?

Aunque mi madre mucho decir que qué bonito es esto de salvar España, que bonito es esto de crear empleo, qué bonito es luchar por tus sueños y ser tu propio jefe (que esa es una frase muy de emprendedores) pero ella es la primera agobiada con el tema. En el fondo, no se cree nada de lo que dice. La cooperativa Un muffin para cada día (o sea Puri, Toñi, Carmina, Curro y ella) ya se han recorrido todas las pastelerías de Madrid con un muestrario de sus productos y no les han comprado ni una magdalena.  Y se extrañan, oh my God, si mi madre, antes de quedarse en el paro el único postre era echarle azúcar al yogur, Puri solo sabe freír chulas[1]y rosquillas y a Curro no le saques del bollo maimón.

Encima nuestro horno tiene una resistencia rota y solo calienta por un lado, de manera que, o queda medio muffin crudo o medio quemado y además les salen unas grietas que ni el Colorado… Con semejante panorama, mi madre no tiene ganas ni de hacer el saludo al sol cuando se levanta por la mañana. Me ha pedido ayuda con los papeles de la cooperativa. Yo, de momento, he “olvidado” la mitad de la documentación y les he sugerido pensar en otra cosa, que para que una empresa funcione tiene que ofrecer algo que no tengan las demás, pero nadie me escucha. Así que he hecho un análisis DAFO para ver la viabilidad de la empresa:

Debilidades: los muffins y los cupcakes están asquerosos.

Amenazas: hay tropecientas pastelerías en Madrid.

Fortalezas: ¿?

Oportunidades: ¿?

Los resultados son demoledores, pero mi madre va pregonando que ellos aportan nuevos sabores salados y que ese es su elemento distintivo. Carmina dice que si a sus nietos les encantan las magdalenas de chorizo ¿por qué al resto de los niños no?

Pero a pesar de todo esto, ayer vi la luz. Todo ocurrió cuando vi una bandeja de magdalenas recién salidas del horno que, por una vez, olían bien. Me extrañó. Probé una sin hacerme muchas ilusiones y estaba BUENÍSIMA. Se deshacía en la boca, no tenía tropezones como las de mi madre y tenía un sabor a… ¿menta? Me comí otra y me tumbé en el sofá. Me daba vueltas todo y el abuelo eructando empezó a hacerme mucha gracia. Cuando Lola me vio allí empezó a partirse de la risa “¿Has probado mis magdalenas con condimento?”, me dijo. Y antes de dormirme en el sofá solo pude responderle: “¿Las has hecho tú? Pues están de puta madre”.

 

[1] Como churros, pero redonditos

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