Lola. Día 15. Madurito interesante.

Guillermo Rivas siempre lleva tres botones de la camisa desabrochados. Sabe el calentón que provoca en sus alumnas y no pierde la ocasión de exhibirse. A más de una recuerdo que se le caían los apuntes cada vez que entraba en clase y si las miraba directamente a los ojos se escurrían de la silla. Puedo llegar a entender que entre tanto profe octogenario un cuarentón atractivo tenga su punto pero tampoco es para tanto.

De las 50 personas que se apuntaron a su optativa creo que fui la única a la que realmente le interesaban las corrientes actuales de Filosofía. El resto se dedicaban a suspirar, a hacer corazoncitos en las hojas y a perseguirlo por los pasillos preguntándole dudas imaginarias. Cada semana había alguien esperando para colarse en su despacho. Si la asignatura hubiera durado todo el cuatrimestre tendrían que haberle puesto un portero de discoteca para controlar la entrada. Ni Julio Iglesias provocaría tanta admiración entre sus fans.

A mí nunca me gustó del todo. No sé si es porque llevaba un vestuario pijo al estilo casi torerín o porque era tan de derechas que me lo imaginaba cenando con Aznar y Bush en una velada romántica. No me caía del todo mal pero no me acababa de inspirar confianza.

“¡Qué pasa Lola! ¿Sigues siendo tan comunista como antes o ya eres más izquierdista radical?”. Allí estaba Guillermo Rivas con pose de estatua griega esperando a ser atendido por la perroflauta de turno. Me limité a sonreír  y a seguirle la corriente. Me miraba de forma extraña como si fuéramos un matrimonio en el que el marido va a confesar una infidelidad. Esperó a que la fotocopiadora se quedara vacía y me pidió lo último que yo me hubiera imaginado. Hierba.

Rivas fumadísimo tirado en un sofá. Por más que lo intentaba no era capaz de visualizarlo. Me quedé bloqueada. Tardé tanto en reaccionar que se asustó. Me dijo que era para consumo personal y que podía confiar en él. ¿Cómo se había enterado? Los alumnos de tercero tienen la lengua muy larga y pocas luces al parecer. Menudo lío.

Llamé rápido a Adri pero no me contestó. En la fotocopiadora se había agotado la mercancía y solo quedaban algunas plantas en su piso. De perdidos al río. Le dije a Guillermo que me esperara cuando acabara el turno y que lo llevaría al sitio donde la teníamos guardada, total él ya no era mi profe ni yo su alumna y el negocio no estaba para perder más clientes, fueran quienes fueran.

Durante el trayecto yo no sabía qué decir. Él también parecía nervioso porque conducía muy rápido (casi se salta dos semáforos) y hablaba sin parar de la ética en la filosofía y en la vida  Yo no le prestaba atención. No podía dejar de pensar en la reacción de Adrián cuando lo viera.

Llamamos al timbre y tardó en contestar una eternidad. Cuando abrió la puerta casi la cierra de golpe como si fuéramos dos intrusos que iban a robar. Estaba recién duchado con la toalla a modo de Tarzán intentando no quedarse en bolas del susto que se metió. Me fulminó con la mirada.

Entre tartamudeos, algún pisotón que otro y con mucha cordialidad cerramos el trato. Cuando Rivas se fue pagando al contado (pocos lo hacían con tanta rapidez) me senté a esperar el sermón y la bronca que nunca llegaron.

Adri se tiró derrotado en el sillón. “Se nos ha ido de las manos. No podemos seguir así”. Razón no le faltaba. Después de que la cosecha del pueblo se arruinara y de que Erasmus no fuera capaz de vender ni la mitad de lo acordado, las alternativas se nos acababan.

Había que cerrar el chiringuito. Nos habíamos arriesgado demasiado y si eran ciertos los rumores de que Guillermo Rivas era hermano de un inspector de policía y su cuñado era fiscal estábamos perdidos. Juré que yo no lo sabía. Asumiría todas las consecuencias y, llegado el caso, todo el peso de la ley.

Fueron dos años de gloria. Qué tiempo tan feliz aquel en el que cuatro amigos plantaron las semillas de la gallina de los huevos de oro. Nos lo quitaban de las manos como los pack de oferta del mercadillo…

Ahora solo queda esperar…a ganarnos la vida de manera decente. Como Dios manda.

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