JULIA. Día 14: Semana Rancia vol II

Muy fuerte. ¿Por qué todo me tiene que pasar a mí?… Esta mañana a las ocho en punto han tocado al timbre, yo pensé que sería Erasmus que llegaba de fiesta y se habría dejado las llaves, pero no. Ha abierto mamá en bata y he escuchado su voz. Una voz que reconocería en cualquier lugar e idioma del mundo: “Hola, ¿está Julia?” sin pronunciar la “j”. Era Michael. Mi Michael. Me he quedado tan flipada que no he podido decir nada en un cuarto de hora. Michael me miraba con cara post-vuelo de Ryanair sin entender nada. Y mi madre venga a atosigarle, que si qué ganas teníamos de conocerte, que si Julia te echa muchísimo de menos, que si quieres un muffin de queso fresco, que seguro que no has desayunado… ahí fue cuando reaccioné de mi chock. “No habla inglés, mamá” fue lo primero que pude decir. Es que me siento tan culpable de lo que pasó con Ismael en la azotea… A ver, que pasar, pasar, no pasó nada, pero yo estuve allí, y le seguí el juego a Ismael. Tonteo hubo, no lo voy a negar. Pero es que llevaba día y medio sin saber nada de él, ¿qué iba a hacer? Y el pobre Michael no me llamó porque ya tenía comprados los billetes y se le da fatal mentir y quería que fuese una sorpresa.

Michael en Madrid. Habíamos planeado una visita para la primavera, sí, pero no sorpresa. Yo quería esperar a ahorrar un poco para pagarnos un hotel y no tener que quedarnos en casa con el abuelo chocheando, Erasmus vomitando, mi hermana drogada, mi madre haciendo muffins de anchoas… Esto es mucho para Michael, yo pensaba que se iba a asustar, pero no. Insistí en que nos quedásemos los dos en Madrid, pero mamá y él se empeñaron en ir al pueblo de mi abuela, -que en total debe de haber como casa y media- para conocernos mejor. El pobre está tan contento de estar conmigo que como si le proponen ir a Guantánamo.

Después de desayunar emprendimos camino hacia Navalbotijo de los Serenos. Si en algo estamos de acuerdo Lola y yo es que a las dos nos apetece tanto ir como a mí combinar fucsia con rojo y a ella colgar un retrato de Aznar en la habitación. En el pueblo hay Michael y Erasmus se han adaptado a la vida rural con sorprendente facilidad y peregrinan de casa en casa en busca de torrijas. Con lo que las odio (es un postre muy poco elaborado) las prefiero a los intentos de cupcakes de mamá (sí, está diversificando el negocio) así que me he comido media bandeja de las que nos ha traído Paquita.

Entre las torrijas y los tacones no hay quien suba las cuestas del pueblo. Encima ha caído el diluvio universal y hace un frío que te mueres. He tenido que ponerme unos patucos de lana de mi madre, qué horror, aunque ella dice que en el pueblo, con tanto frío, es imposible vestir bien, que ella, cuando venía a ver a la familia, se olvidaba de reconocerse a sí misma en el espejo. Michael le ha pillado el gusto al bar del pueblo y se ha pasado allí la Semana Rancia (como dice Lola) con Erasmus, mi padre -que parece que le ha sentado bien el aire del campo- y mi abuelo. Yo, como estoy cabreada conmigo misma, no le reprocho que no me haga caso.

Lo peor de todo es que Michael ahora no entiende de qué me quejo tanto. Que si el abuelo es “charming”, que si mi madre es “nice”, Erasmus a “great flatmate”… No, si al final, donde esté Navalbotijo de los Serenos, que se quite Londres, que allí no hay chatos de vino ni torrijas.

 

 

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