Lola. Día 13. Amenazas mafiosas.

Adri y Lola Soprano. Entramos por la puerta con pose de matones dispuestos a darle un buen escarmiento a Erasmus. A partir de ahora o era responsable en el negocio o estaba fuera.

Habíamos ensayado nuestro discurso, nos pusimos de acuerdo en lo que teníamos que decir para que sonara creíble, adoptamos el papel de poli buena y poli malo, pero al final improvisamos lo que nos dio la gana.

Erasmus estaba comiendo en el salón (a las 6 de la tarde, su horario habitual) y al vernos se levantó de la silla de un salto. Le arrinconamos en el sillón y empezamos a acojonarle. Adri le soltó un discurso sobre la responsabilidad y la lealtad (le encanta enrollarse cuando habla y hacer sermones por cualquier cosa) que el pobre no entendió porque su nivel de comprensión no llega todavía a tanto.

Intervine rápido y fui al grano. Le conté que no trabajábamos solos y que dependíamos de una banda más grande. Nosotros podríamos parecer inofensivos pero nuestro jefe se ponía a partir piernas al más mínimo error. Adri me soltó un codazo como si con eso me hubiera pasado de la raya. El objetivo era que se asustara pero sin que nuestra amenaza sonara de película.

Si esta semana no conseguía los 300 euros de venta acordados (con intereses por los retrasos de las semanas anteriores) se las tendría que ver con Joseph, el que de verdad manejaba el cotarro, el líder de la venta de hierba en Madrid centro.

Erasmus empezó a tartamudear y a asentir con la cabeza al ritmo de tres veces por segundo. A partir de ahora no habría ningún error. Solo le faltó cuadrarse con pose de ejército y decir “a sus órdenes”.

Justo en el momento en el que los tres nos habíamos relajado porque el teatrillo había acabado y la historieta parecía haber tenido éxito, Julia salió de la habitación con una maleta. “Ya decía yo Lola que hablabas mucho con los pakistaníes del barrio. ¿O sea que es una mafia? Menos mal que lo de ser traficantes era algo a pequeña escala que si no…cualquier día apareces en los carteles de busca y captura de los narcos más peligrosos del mundo”.

No sé que me sorprendió más si que hubiera estado sigilosa escuchando sin hacerse notar o que llevara una maleta en la mano. Me leyó rápido el pensamiento y me dijo que  no me hiciera ilusiones. Se iba a una formación del trabajo el fin de semana pero volvería y las cosas no quedarían así. Se sentía engañada. ¿Cuánta gente habría metida en el cotarro?  “Ya ni me sorprendería que hubieras engañado hasta al pobre abuelo…”

Cuando cerró la puerta con rabia y Adri se fue detrás de ella, me imagino que para intentar apaciguar los ánimos, yo solo deseé que se fuera de viaje sin retorno, que la abdujeran los marcianos o que hubiera ingresado en una secta de estas que se convierten en tu familia y no te dejan regresar a casa…

Tengo una mente cada vez más rara y retorcida, como mi misma vida.

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