Julia. Día 11: Mercadillo solidario vol II

Cada día en mi trabajo es una nueva aventura. Cuando se lo cuento a Michael por Skype cree que exagero, pero es mentira, si acaso me quedo corta. El viernes, por ejemplo se me acercó una mujer con una falda por encima de los tobillos (horror) para hablarme de la Secta del Conocimiento. La mujer tenía entre sus manos el Libro del Conocimiento Universal y se ofreció a prestármelo completamente gratis. Yo no sabía cómo quitármela de encima. Mis compañeros, muy solidarios, se reían de mí mientras me robaban posibles socios. La mujer me decía que tenía que encontrar la verdad en mí misma y no en zapatos y otras satisfacciones materiales. Que encontraría la felicidad y el conocimiento universal en mi amor a los demás. Ya que tenía tanto amor que dar, le dije que por qué no apadrinaba a un abuelo, pero no coló.

La mañana no me fue bien, no conseguí captar socios. Me acerqué a un chico que me dijo que él era un egoísta, que no le importaba la sociedad y menos los abuelos porque vivían demasiados años y eran una lacra. Me deprimí tanto que entré en un Sturbucks a por un cupcake para animarme.

Adrián me ha invitado a un mercadillo de intercambios que organizan los colegas de mi hermana una vez al mes. Para ir en contra del consumo, el capitalismo y esas cosas. Yo tenía cero ganas de andar entre perroflautas después de la última bronca con mi hermana en la fiesta, pero este chico me convenció, me dijo que mi hermana estaba de acuerdo y que quería tener buen rollo conmigo. Al final resultó más divertido de lo esperado y me sirvió para hacer limpieza: seleccioné ropa y complementos que ya no uso y bajé a la plaza. Entre tanto perroflauta y cutre no esperaba encontrar nada de mi gusto, pero nunca se sabe cuándo puedes descubrir una joya.

Pero hoy me he dado cuenta de que en el mercadillo del barrio, no. Una señora que pesaba veinte kilos más que yo quería una blusa a cambio de una escobilla de WC. ¿Qué clase de intercambio es ese? Luego una niña me daba dos cromos churretosos -¿por qué los niños tienen siempre las manos pringosas? Michael y yo nos juramos que cuando tuviéramos hijos llevaríamos siempre toallitas a mano- por un vestido. En serio, en este barrio me han visto cara de idiota. Pero lo mejor de todo fue cuando mi propio abuelo quiso mi boina gris a cambio de su orinal. Le contesté que esa boina era para mujeres, pero ni caso. Adrián venía de vez en cuando para asegurarse de que estaba bien. Lola nos miraba mientras negociaba libros asquerosos de octava mano. Al final cambié una bufanda por un juego de cucharas y Lola le consiguió un sombrero de paja al abuelo, que se quedó tan contento.

Mi madre tampoco faltó y tuvo el valor de ofrecer una degustación de trocitos de muffins. Como en este barrio son unos ratas, la bandejita voló, pero nadie volvió a por más. Se ve que son cutres, pero aprecian su estómago.

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