Julia. Día 10. No puedo vivir sin ti.

Segundo día de trabajo. Me he tenido que aprender un rollo tremendo sobre el funcionamiento de la ONG que me importa muy poco. ¿Por qué no se ocupa el gobierno de los abuelos? Eso es el Estado de Bienestar, ¿no? Yo lo siento mucho, pero igual que nosotros aguantamos al nuestro, que el resto haga lo mismo.

Rastas Piojoso me acompaña a unos cinco metros de distancia. Reconozco que su música me aburre, pero es bastante práctico cuando vuelvo a casa tarde, ahora que no tengo dinero para taxis. A Ismael, el jefe de grupo parece que también le hace gracia. “No me extraña que tengas admiradores a tiempo completo”. Le he quitado importancia, pero tampoco he querido decirle que es un plan vengativo de mi hermana, no hay tanta confianza. Tiene 28 años y es ingeniero. “No te creas que soy tan solidario”, me ha dicho, “esto lo hago para pagar el alquiler. En cuanto pueda, me piro”.

“No puedo vivir sin ti, no hay maneraaaa”. Una pareja se ha parado al escuchar a Rastas. Le han dado una moneda, porque esa es la canción que sonaba cuando se conocieron. Cuando yo conocí a Michael sonaba One day i´ll fly away de la peli Mouline Rouge. Rastas ha aprovechado para contarles que yo me dedicaba a captar socios para Abuelos Sin Fronteras. No conocían la ONG, así que les he contado el rollo: que si hay muchos ancianos con pensiones ridículas, que si no se pueden pagar ni unas pipas para ir al parque ni un cartón de bingo, que si son 10 euritos de nada… gracias al cielo, a la abuela de la chica le habían quitado una plaza en una residencia pública y ahora rotaba, maleta en mano a sus 92 años, de casa a casa de sus cuatro hijos. Vamos, que estaba muy sensibilizada con la población mayor y se hizo socia. Entre ella y otros cuatro que hice después me he coronado con el mejor primer día en la empresa en un año. Ismael, el jefe-ingeniero se ha ofrecido a invitarme a una caña para celebrarlo, pero yo había quedado por Skype con Michael, así que me fui directa a un cibercafé.

Total, que he llegado supermotivada a mi casa, en plan “me ha salido algo bien desde que aterricé en Adolfo Suárez-Barajas”, pero mi hermana y su bicho habían estado entrenando para joderme la felicidad del día. El gato asqueroso -al que estoy empezando a llamar Asqui- se había cargado mi vestido de Karl Lagerfeld que me regaló Michael. Horror. Es que la hubiera matado allí mismo y le hubiera dado sus ojos a Asqui para cenar. Qué cara de gilipollas se le ha quedado cuando le he dicho que sabía que era una drogadicta y una delincuente. Encima va y me responde que fuma porros de vez en cuando y que yo soy una exagerada. Eso dicen todos los drogadictos y traficantes.

En ese desagradable encuentro me he decidido a contárselo todo a mis padres: lo de Lola ya es imparable, una hija en la cárcel es lo que le faltaba a los pobres. Necesita un centro de desintoxicación.

Adrián me ha enviado un mensaje por la noche ¿cómo habrá conseguido mi móvil? Me ha parecido fuera de lugar, pero la verdad es que ha sido muy cariñoso y amable en nuestra conversación. Que si Lola me ha echado mucho de menos, que lo ha pasado muy mal con todo lo de mi familia, que con lo que cobra en la fotocopiadora no da ni para las cervezas del abuelo… Me ha pedido que sea comprensiva, que lo de la maría es una cosa temporal, hasta que consigan sacar adelante un proyecto que tienen.

Yo me lo he creído y he decidido esperar un poco. Lola se está haciendo la dormida, pero yo sé que no lo está.

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