JULIA. DÍA 9: Ancianos Sin Fronteras

Descartes. Así ha bautizado Lola al bicho asqueroso que nos ha metido en casa a traición. Ella, que no es capaz de ser solidaria ni con su hermana, ahora se cree Teresa de Calcuta porque le va a dar un hogar a un pobre gato callejero. Ya les he dicho a todos que no pienso tocar al bicho ni para hacerme una foto y subirla a Instagram (mira que quedaría bien una sesión con mi sombrero de paja y mi camisa verde).

Mi padre ha soltado una bomba en la mesa. Pensaba que ya estaba al tanto de los vicios de mi hermana, pero no, resulta que es alérgica o intolerante o no sé qué a la cebada y por lo tanto no puede beber cerveza. Vegana y alérgica, es que no se puede ser más desgraciado en esta vida. ¿Qué va a comer? Desde luego los muffins de mamá ni los huele, qué morro más grande.

En fin, que con todo el cabreo la tía me ha soltado que tengo que empezar a arrimar el hombro porque las lentejas no vienen solas al plato. Me ha dicho que hacen falta captadores de socios para la ONG Ancianos Sin Fronteras, que ella conoce a la chica que lo lleva y que puedo hacer directamente la entrevista. Lola, contactos en Inditex, no tiene, pero entre muertos de hambre, los que quieras. Muy fuerte. Yo me he negado, por supuesto, ya he tenido bastante con lo de Yerbaline y lo de Sitobank. He estudiado Márketing&Business, no soy una vendedora de mercadillo que vende cremas y tarjetas de crédito por la calle como si fuesen bragas.

Al final he ido a la entrevista grupal. La jefa nos ha dicho que el objetivo del empleo es captar socios que apadrinen a un abuelo por diez euros al mes. Por dios, si parece de chiste. En el grupo había una mujer de ochenta años que decía que quería ser solidaria con sus vecinas, que no les llegaba la pensión para nada ahora que han vuelto sus hijos a casa porque están en el paro y los típicos comerciales motivados que aseguran que le venderían un caleidoscopio a un ciego.

Para conseguir el trabajo había que pasar media hora en la calle Preciados intentando hacer algún socio. Yo conseguí dos sin proponérmelo mucho (el chaleco era granate, algo más discreto que el polo de Yerbaline, lo cual ayudó). ¿Cómo lo logré? Dando pena. Y, ¿cómo di pena? Contando la historia de mi familia. Sin exagerar nada. “Mis padres se han quedado en el paro, mi hermana es drogadicta y mi abuelo está tan senil que tira magdalenas por la ventana. Yo he tenido que abandonar un novio estupendo y un futuro prometedor en Londres para venir a ayudarles. Diez euros al mes no es nada y para una familia como la mía, es mucho”.

Puse tan bien mi cara de lástima que un hombre que también estaba en el paro me dio cinco euros para que le hiciera a mi abuelo una papilla que pudiera masticar y dejara de tirar los muffins de mi madre por la ventana.

La jefa estaba encantada conmigo, claro. Me propuso unirme al equipo al día siguiente, pero le dije que tenía que pensármelo. Se lo conté todo a mamá y me dijo: “si encuentras un trabajo que te guste, no tendrás que trabajar ningún día”. No sé por qué, pero me pareció menos entusiasta que otras veces. Papá estaba en el salón ordenando facturas compulsivamente.

Cuando para cenar tuvimos arroz, otra vez, empecé a pensar que a lo mejor no era tan horrible trabajar para Ancianos Sin Fronteras. El gato de mi hermana se ha cagado en mi cama. No sé a quién de los dos quiero cargarme primero.

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