LOLA. DÍA 9. Bienvenido Descartes

La escena parecía de una película de terror. Una mujer con los ojos abiertos como platos cogía a los gatos con la boca y después los envolvía en una manta y los llamaba bebés. Todos eran sus hijos y les sacaba parecido con su propio carácter como si ella fuese su verdadera madre.

Lucía es la dueña de una extraña protectora de animales. Guarda en un pequeño sótano a gatos y perros que ha encontrado abandonados. Los pobres solo reciben una visita al día y están probablemente en peor estado que si los hubiera dejado en la calle. La mujer se justifica diciendo que no tienen medios para montar algo en condiciones. Habría que cerrar aquel antro y meter a aquella tía en un psiquiátrico.

Adrián me llamó por la mañana y me contó la historia de la loca de los gatos. Él había adoptado un par y quería que yo sacase a alguno más de aquel infierno. Cuando llegué me entraron ganas de vomitar por la mezcla del olor de los piensos y los areneros que estaban hechos un asco. No había ventilación y casi ni se podía respirar. Me tape la nariz con la palestina y empecé a buscar a mi presa. Escondido en un transportín había un gato amarillo de aire asustadizo. Tenía cara de listo, de filósofo. A partir de ahora se llamaría Descartes.

Adri me ayudó a llevarlo a casa y por el camino compramos la comida y la arena. Últimamente estamos todos los días juntos. Me llama, me escribe, me cuida…  “¿Le gustará a Julia?”. Aquella pregunta me sacó de mi mundo y me hizo recordar que el gato no solo sería mi mejor compañía sino que por encima de todo sería mi mejor venganza. A Julia le daría un síncope.

Cuando llegué el abuelo estaba viendo las noticias y al ver al gato no le sorprendió. “Ya estabas tardando en traer un bichejo”. Conoce bien mi espíritu de Rodríguez De La Fuente y desde pequeña me defendió incluso hasta cuando quise tener un ratón de mascota.

Mamá cocinaba sus nuevas magdalenas de frutas y cuando escuchó un maullido salió disparada hacia el salón. Como últimamente se toma todo con optimismo dijo que el gato nos llenaría de alegría. Incluso se entusiasmó con la idea de hacer muffins de paté en honor del nuevo inquilino. Papá llegó cansado y no le dio importancia. Solo me miró con esos ojos suyos de comprensión y me dijo que los gastos del peludo corrían por mi cuenta. “Erasmus” me sorprendió. Salió de su guarida de música y cervezas. Me contó que le encantan los felinos y se fue al chino a buscar una pelota para jugar con él.

Ayyy cuando llegó Julia. Me senté en el sofá para ver el espectáculo. Empezó a gritar y a hacerse la enferma en cuestión de segundos. Como una histérica lloraba diciendo que aquello era una serpiente con pelos. Me miró con odio y se encerró en la habitación hasta la hora de la cena.

Todos estaban muy callados, sobre todo papá que parecía más serio de lo habitual. Cuando llegó la hora del postre tosió y dijo que teníamos que hablar. “Lola, ¿tienes algo que contarnos?”. Sentí que el corazón se me iba a salir del pecho. Miré a Julia pero ella no parecía saber nada del asunto. ¿Habría sido capaz de contarlo? “Tienen que saber que eres intolerante a la cebada para que no te pase nada”. ¿Era eso?, menos mal. Suspiré tranquila. Debí de equivocarme de cubo al echar los resultados del médico a la basura y como reciclamos meticulosamente, papá la encontró.

Julia empezó a reírse en mi cara y a llamarme punki defectuosa por no poder beber cerveza. La muy estúpida se dio cuenta de mis miedos y empezó a decirme que ya era hora de que me cuidara y cambiara mis malos hábitos de vida. Lo decía con recochineo. Pero no me mordí la lengua y le contesté que más valía que ella empezara a echar una mano a la familia. Sólo sabe hacerse fotos y subirlas a Instagram y esas pijadas no meten dinero en casa. Me cabreé y le puse un papel en sus narices de una entrevista de trabajo como captadora. “Anda bonita haz algo útil que no das ni palo al agua”.

La tensión era de nuevo máxima. El abuelo se levantó de la mesa, cogió la botella de tequila y sirvió unos chupitos. “Que no cunda el pánico Lola, que aunque no puedas beber cerveza, siempre te quedaran otras bebidas espirituosas”.

Julia se fue de nuevo a la habitación y a los pocos segundos pegó un grito que nos hizo saltar a todos de la mesa. Cuando llegué Descartes estaba encima de su cama. Ella le decía “fus, fus, fus” como si fueran palabras mágicas para que desapareciera. El gato se quedó mirándola fijamente y se cagó encima de su edredón.

Querida Julia, Descartes ya ha marcado su territorio…

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