julia. día 8: Un muffin para cada día

Enseñar inglés a mi padre es como pretender que un lémur parezca sobrio. Imposible. Se quedó en el “have got” (por dios, nadie dice eso ya) y no hay quien le saque de ahí. Encima como él es el señor profesor, a ver quién le corrige… Me he ofrecido a dar las clases de inglés por él, pero no quiere porque dice que ya se ha comprometido. Todavía la gramática escrita, vale, pero la pronunciación… hasta Dora la exploradora tiene mejor acento. El pobre está tan nervioso que hasta se ha comido un muffin de mi madre.

Durante la clase con el niño me ha estado llamando todo el rato para preguntarme el present perfect. Le hace fotos con el móvil al ejercicio y yo le envío las soluciones por WhatsApp. Cuando el niño tiene alguna duda deja el móvil encima de la mesa con el manos libres para que le escuche y yo le envío otro mensaje. El chaval tiene que estar muy alelado para no darse cuenta del fraude de profesor que tiene.

Por eso no puede decirle ahora a mi padre que tiene una hija drogadicta y traficante, es que lo hundo. ¿Pero qué hago? Fuck. Se lo he contado a Michael y dice que tengo que hablar con mis padres para que la lleven a rehab. Necesito algo de tiempo, a ver si consigo yo un trabajo y les doy una alegría, así les dolerá menos el disgusto de Lola.

Así que cuando esta mañana mamá me ha pedido que le diseñe una web para su empresa de muffins, no he podido negarme. Le he dicho que antes de eso tenemos que hacer un logo para la empresa, una imagen de marca… Como me ha visto con buena disposición me ha enviado a la revisión del Sintrom del abuelo mientras ella iba eligiendo los colores del fondo y el tipo de letra para el nombre de la empresa (Un muffin para cada día). Me ha tocado ir con él al centro de salud del barrio y esperar dos horas a la enfermera a la puerta de una consulta que NO, repito NO era la suya. Dice que es más joven, más guapa y más todo que la suya. “Mariano, ande vaya a su consulta que Esperanza tiene que hacerle la prueba”. Después de otra hora esperando en la consulta correcta le han pinchado con la aguja y hemos podido volver a casa. Antes de salir la enfermera le ha dicho que ni una gota de alcohol, qué graciosa, ni que a mi abuelo le diéramos un gin tonic con la tortilla francesa de la cena…

Aunque echo de menos a Michael, hoy tengo la sensación de que mis padres se alegran de que esté aquí. Me siento útil y es agradable porque ellos han hecho muchas cosas por mí siempre, me enviaron a estudiar a London mientras los pobres se ocupaban de Lola y del abuelo… No ha sido fácil.

Le he dado al rastas los muffins de anchoas. Le veo desde la ventana, se está chupando los dedos…

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