LOLA. DÍA 7: Camello becario

Salimos del armario. Después de colocar todas las plantas y hacer el recuento de la mercancía que nos quedaba, Adrián reconocía que estábamos perdiendo dinero y que si “El Erasmus” era discreto y lo hacía bien podíamos sacar más beneficios. Su forma de pedirme perdón por la pataleta del otro día me encantó. Abrió un barril de lo que él llamaba “gran reserva”, la cerveza casera que hacía un amigo químico. Estaba tan rica que por un momento me hizo olvidar todos los problemas, sobre todo a Julia.

Nos sentamos en el sofá a fumar y a recordar los inicios de nuestro negocio. Nos reíamos de lo torpes que éramos, de nuestros primeros clientes…La complicidad crecía entre nosotros, nos acercamos poco a poco…y la cagó cuando empezó a hablarme de Julia, de que ahora podía ser un apoyo para mí, para la familia…Empecé a sentir picores por todo el cuerpo y aunque me retorcía como una serpiente no conseguía calmar el dolor. Pasó una media hora y no mejoraba. Tenía un aspecto horrible, cuando me miré en el espejo parecía un mantel de la feria de abril, llena de lunares rojos. Nada podía ir peor pero empezaron los retortijones de barriga. Me encerré en el baño de la casa de Adrián dispuesta a no salir ni en un millón de años. No había ambientador ni ventana. Quería ahogarme o que la tierra me tragase. Empecé a vomitar.

Cuando acabó el martirio me fui directa a urgencias. Quise ir sola, nadie tenía que aguantar las pestilencias de mi cuerpo y mi mal humor (que era insoportable). Estuve cuatro horas esperando los resultados de las pruebas de la alergia para que al final de la tarde llegara el médico y me dijera que me los mandarían a casa. Lo más probable es que fuera una reacción a algún alimento (de los pocos que como). Espero que nadie se entere porque le echarían la culpa al veganismo. Todo lo que me pasa, según mis padres, es porque no como ni carme ni pescado. Según el abuelo es porque ni siquiera bebo leche. Julia dice que solo lo hago para no tener que probar las magdalenas de mamá (razón no le falta).

Mientras iba de camino a Lavapiés recibí un whatsapp de Erasmus. Estaba esperando la mercancía para irse directo a una de sus fiestas. Sus amigos habían probado algo de hierba la semana pasada y les había gustado. Querían más y mucha cantidad. Calma, poco a poco. Primero habría que ver como se organizaba el guiri con el reparto. Debería cumplir las reglas de la máxima discreción y del sumo cuidado. De momento estaba a prueba. Camello en prácticas al estilo de los becarios.

Llegué medio moribunda a casa, rápido le di una bolsa a Rob y le dije que de momento era lo único que podría vender. Ni siquiera me quedé escuchando sus lamentos de que con eso no tenían ni para empezar. Me metí en la cama y desconecté del mundo. Solo quería dormir aprovechando que estaba sola, en estado de paz absoluto.

Perdí la noción del tiempo y me desperté asustada cuando escuché el móvil. Me habían llamado unas diez veces pero tenía el sueño tan profundo que ni me enteré. Descolgué y solo entendí algunas palabras sueltas. Erasmus había perdido la bolsa, no sabía donde la había metido. Más inútil no se podía ser. El primer día y ya la había cagado…Le dije que no se moviera de donde estaba. Yo no tardaría en llegar más de media hora y entre los dos la encontraríamos.

Me fui a la cocina directa a tomarme un café potente para despejarme. En la encimera estaba la taza del abuelo y la tetera. Aquella hierba no era manzanilla…el abuelo se había confundido. Corrí como loca por toda la casa pero no estaba. Miré por la ventana pero en la plaza no tampoco le vi.

Salí corriendo dispuesta a ser la primera en encontrarle. El abuelo drogado no podía haber ido muy lejos…

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