julia día 6: Un rastas piojoso

El día de hoy podría, perfectamente, no haber existido por mucho que mamá diga: “Siempre ten optimismo y fe, cada cosa mala que se nos presenta nos ayuda a fortalecernos. Si no habrían desafíos la vida sería muy vacía.” Pero, ¿qué tiene de positivo que un rastas piojoso te persiga TODO el día? Creo que no he pasado más vergüenza en mi vida.

Esta mañana he cogido el metro para ir a la biblioteca con wi fi y poder enviarle un email a Michael. Yo iba escuchando Russian Red con los cascos en mi iPad y ni me fijé en él. Poco a poco la gente a mi alrededor empezó a reírse y a señalarme. Me di la vuelta y un chico con rastas hasta la cadera y una guitarra estaba cantando en inglés con una pronunciación tan horrible que daba vergüenza ajena. Y lo peor de todo: estaba justo detrás de mí en el vagón de metro. Cuando acabó de berrear Can´t help falling in love, me sonrió.

-¿Te gusta, morena?

-Eh… sí. Perdona, pero esto es un poco violento. -dije yo, muy educadamente.

El rastas me guiñó un ojo y yo me di la vuelta y me puse de nuevo los cascos. Al salir del metro noté que me seguía con la guitarra así que caminé más rápido. Me quedé en la biblioteca más rato del habitual (no le conté nada a Michael para no preocuparle) y me asomaba de vez en cuando por la ventana, pero nada, el rastas no se movió de la entrada (hasta hizo sus necesidades en un árbol para no perderme de vista.) En cuanto abrí la puerta de la calle empezó a cantar otra vez.

-Mira tío, esto no tiene gracia.

-Te has currado mucho el vestuario pijo.

-Voy muy normal con vaqueros y gabardina trench, pero como tú del chándal no pasas te pensarás que voy de boda.

-Me encanta que me den caña.

-¿Qué dices?

Me di la vuelta y empecé mi ronda de echar currículums por las oficinas que había alrededor, pero el rastas piojoso no me perdía de vista ni un minuto. Volví a comer a casa y salí por la tarde a hacer running (ahí sí que conseguí perderle de vista un rato porque con la guitarra y cantando no podía avanzar muy deprisa) pero como ya sabía donde vivía me lo encontré de nuevo en el portal. Ya está, pensé. Un clásico. Me va a violar y como seguro que los vecinos no hablan español moriré en el cuarto de contadores desangrada por una navaja suiza que probablemente lleve en su riñonera. Pero en vez de eso lo que pasó fue lo siguiente:

-¿Nos tomamos una birra? Me la he ganado de sobra, que es hora punta en el metro y estoy aquí contemplándote.

-Vamos a ver, que me dejes en paz, que no sé cómo decírtelo ya.

-¿Volvemos al Rustrel? Que sé que te gusta.

-¿El Rustrel? Yo nunca he estado allí, ese es el bar al que va mi hermana.

El gilipollas va, y me guiña un ojo. “Claaaro. Tu hermana”. Yo solo pensé hija de… mi madre.

-Mi hermana GEMELA.

-Venga ya.

-¿Es ella quien te ha pedido que me sigas?

-Una chica que todos los días coge la línea 5 de Embajadores. Idéntica a ti pero con más estilo.

Obvié mi indignación a este último comentario.

-Mira, mi hermana te está vacilando.

-La que me está vacilando eres tú a mí. Lo de la gemela ha sido bueno, casi me lo creo, pero no cuela. El juego dura un mes y no pienso retirarme ni un día antes.

Después de decirme eso hizo un amago de tocarme el culo pero yo me escabullí y cerré la puerta. ¿¡Un mes!? Lola sigue siendo una loca retorcida y vengativa pero yo me voy a reír más, que para algo he estudiado una carrera de verdad, tengo más mundo y mucho más estilo que ella.

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