LOLA. DÍA 6: Los negocios

“¿Cuánta hierba puedes conseguirme GRATIS para el sábado?” Casi me atraganto con la pasta de dientes. Pensé que había entrado un ladrón de estos que se ponen una media en la cabeza y tienen voz de pitufo, pero no, era más grave. “El Erasmus”, capaz de formar frases con sentido en español, me había hablado. Yo que pensaba que sólo podía emitir algún gemido de dolor cuando vomitaba durante horas seguidas (después de las noches de desenfreno) o tararear canciones de Lady Gaga en la ducha…

Me quedé mirándolo fijamente durante un rato, procesando si lo que acababa de oír era cierto o producto de la imaginación, porque de tanto peta a veces vivo en mi mundo.

“¿Crees que tu madre perdería los nervios si supiera lo que te fumas?”. Seguro que el muy pardillo había estado buscando en el diccionario las palabras exactas para chantajearme de manera elegante sin confundirse. O quizás le había pedido ayuda a su traductora personal. Julia la había vuelto a cagar y esta vez era serio.

Tenía que pensar con rapidez. Nadie en casa se podía enterar de mis vicios porque los hundiría, pensarían que  tengo que ir a una clínica o algo así. Julia usurparía totalmente mi lugar en la casa y me niego. Yo viví sola la transición de la familia desde la clase media-alta a la parte baja. Yo fui la que me comí todos los marrones de la mudanza, los cambios, los traumas y los lamentos. Yo me comí la mierda y ahora viene Julia y se quiere quedar con el camino de rosas. Me niego.

Mientras yo divagaba en mi nube (cada vez más porque los porros generan en mi cabeza conexiones infinitas) “El Erasmus” sacaba dos cervezas y las ponía en la mesa del salón dispuesto a negociar.

No le dejé explicarse, más que nada porque él no tiene ni idea. Chapurrea el español solo para ligar, lo que llamo yo el dialecto del baboso infinito, y aunque entiende a la perfección (porque es muy listo) no se esfuerza en aprender a comunicarse. Su estancia en España se resume en la fiesta y el alcohol. Por ahí le pillé. Le gustan las discotecas caras y su presupuesto de copas se agota a mitad de mes. Nos paga el alquiler mal y tarde. Él necesita dinero y a mí no me viene mal un camello (mucho mejor sacar beneficio que conseguirle hierba gratis).

Justo en el momento culmen del cierre de nuestro trato sonó la cerradura. Julia entró ahogada como si huera corrido la maratón de su vida, venía asustada. Cogí la mochila y me fui corriendo satisfecha de que el músico estuviera haciendo bien el trabajo…

Llegué al Rustrel justo una hora antes de que empezara la reunión social de los jueves, con tiempo suficiente para hablar con Adri de la expansión de nuestro negocio. Se puso furioso. Empezó a hablar de conspiraciones casi alienígenas y de cómo nos iba a pillar nada menos que la CIA como si fuésemos traficantes a gran escala. Tampoco era para tanto.

En los últimos tres meses no hemos vendido ni la mitad de la mercancía que se acumula en su piso. Necesitamos un impulso y el círculo de amigos del guiri no nos viene mal. La ambición con límites no es mala como dice mamá.

Salí del bar cabreada por la reacción de Adrián. Encima que él era el que  le había enseñado a la bocazas de Julia nuestro laboratorio…tenía yo que solucionarlo. Necesitaba hablar con María. Ella es la única que me entiende…pero hoy no.

María cree que la marihuana ayuda a las personas a ser más felices. Si ella pudiera la recetaría. Entiende que yo necesite dinero para ayudar a mi familia y no me juzga por vender. Nunca quiso saber más ni implicarse. Su conciencia estaba más tranquila así, decía…De repente, como una niña caprichosa, se ha enrabietado. Dice que no confío en ella y que prefiero a un mindundi desconocido antes que a una amiga…¿María trapicheando?, no la imagino. “Pues sí querida yo también conozco a mucha gente. Mis pacientes (conocidos querría decir) también consumen”.

Harta de todo el mundo y de que nadie me dijera “¡animo Lola!, has salido del paso por la puerta grande”, incomprendida una vez más (como siempre últimamente) me fui a casa dispuesta a pegarme el atracón de mi vida. Cuando llegué el abuelo comía chocolate en la terraza. Me senté a su lado con un bol de zanahorias , otro de quinoa y un tupper de algas que sobró del día anterior. Antes de empezar…. una cerveza, fresquita…

”Cuéntame Lola” (por fin alguien me atendía)…Justo cuando iba a sacar todo lo que llevaba dentro, otra vez me entraron las nauseas. Fui corriendo al baño.

De mañana no pasa sin ir al médico.

Anuncios

2 Comments

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s