LOLA. DÍA 5. Cántame…

“Dame una cita, vamos al parque, entra en mi vida sin anunciarte…” y después siguió con “Si tú me dices ven lo dejo todo…”.  Sonaba raro, como si Extremoduro cantase algo de Manolo Escobar. Yo pensaba en Adrián y en su traición. Estaba cabreada con Julia, la insultaba mentalmente y en mi concentración por maldecirla ni siquiera me fijé en él.

“¡Qué pasa morena!, ¿que cómo no he pasado el casting de Ana Botella no me echas ni una monedita?”. Y entonces me giré. Tenía rastas, los ojos verdes y tocaba la guitarra en el pasillo de la línea 5 de Embajadores. “¡Qué raro!, hoy no lees ni la Crítica de la razón pura ni la Fundamentación de la Metafísica”, ¿sabes?…a mí también me gusta Kant”. ¿Cuánto tiempo llevaba aquel hippy allí? Parecía que me había estado observando días y días… “Hoy vienes antes, normalmente pasas por aquí sobre las tres…”. Empezaba a dar mal rollo.

Miré en la cartera pero no tenía ni un duro. Solo me quedaban un par de monedas sociales de las que utilizamos en el barrio para fomentar el mercado local. Le eché una y sonrió. Sabía de qué iba el tema. Con la otra que me quedaba le propuse tomar una cerveza en el Rutrel, allí las aceptan, además es el centro de reunión de muchos intercambios.

Antes de llegar al bar me contó el resumen de su vida, probablemente inventada. Había estudiado primero filología hispánica con becas y después empezó magisterio pero la tuvo que dejar por la subida de la matrícula. Sobrevivía con curros temporales y adoraba la música. Tocaba en la calle por amor al arte…y poco a poco fui perdiendo el hilo. Asentía con la cabeza pero no le estaba escuchando. El chico olía a hierba de la buena, vestía de tirado, mucho más que yo, y hablaba muy alto. El típico del que Julia saldría corriendo.

Cerveza tras cerveza cada vez veía mi plan más claro. Si el chaval quería ganarse una cita conmigo, una cita de las de verdad, se lo tendría que currar. Le expliqué que yo era rara y que me gustaban las extravagancias y los juegos. “No te pega”, me contestó mientras me miraba fijamente y se acercaba cada vez más.

Firmamos el pacto en una servilleta. Le dije que a partir de ahora yo cambiaría mi forma de vestir, a lo pijo, y que todos los días sobre las 12 de la mañana iría a la biblioteca. Quería que al menos durante un mes me esperase a la puerta y me cantara canciones persiguiéndome a todos los sitios donde yo fuera. Le advertí que no se asustara porque yo me haría la horrorizada pero en realidad todo ese teatro me gustaba.

Pensé que el chico me mandaría a la mierda y que se iría con su música a otra parte, pero no. “¿Cuándo empezamos?”. Le propuse que cuanto antes. Yo necesitaba venganza y él no tenía nada mejor que hacer. Al  despedirnos me dijo que se llamaba Fran y que sería un buen actor. Se acercó de nuevo peligrosamente…y me entraron ganas de vomitar. Fui corriendo al baño y de lejos le guiñe un ojo, “lo bueno se hace esperar”.

Últimamente tengo el estómago fatal, menos mal que la cerveza es digestiva. No hay mejor medicina. De camino a casa me tomé otra y cuando llegué, aprovechando que estaba sola, me fumé un canuto en el balcón. En la plaza Abdul corría. Me asusté. La policía llegó y pilló al abuelo solo con todo el marrón. “¿Qué lleva usted ahí?”, el agente señalaba el carrito de la compra. “Judías, pimientos y un par de lechugas que le gustan mucho a mis nietas…pero vamos que con lo caro que es todo…”, el abuelo ni siquiera parecía nervioso. Cuando le abrieron el carro y descubrieron el pastel salió del paso con rapidez. “Seguro que lo he confundido con el de un chico de esos turcos que justo estaba comprando delante de mí”. Se libró una vez más. Con ese aire bonachón que tenía nadie podría descubrirlo. Menudo papelón.

Cuando la policía se fue me sonrió y me tiró un beso. Me quedé allí el resto de la tarde mirándole y pensando todas las cosas que me gustaría decirle. Tengo que contarle a alguien como me siento. Estoy muy sola, sobre todo desde que Julia llegó…

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