LOLA. DÍA 3: Acercamiento fallido

Estaba horrible. Mi pelo parecía una fregona y llevaba puesto un chándal morado feísimo, lleno de manchas de barro. A mi lado, Julia parecía salida de un anuncio de Ariel, impecable con un vestido de princesa.

Julia me ha traído una foto de cuando éramos pequeñas. Debíamos de tener unos cinco años y ya éramos polos opuestos. Le ha hecho ilusión que yo le haya regalado “un recuerdo de nuestra infancia”, como ella dice. De repente, se ha acercado para darme un beso y yo me he quedado con cara de tonta y una sonrisa forzada. No me he atrevido a decirle que no era cosa mía. Esto huele a mamá. Con ese rollo optimista y happy flower que tiene, desde que llegó Julia no hace otra cosa que crear estrategias para hermanarnos. Todas las noches a la hora de la cena cambia de sitio al abuelo para que coincidamos juntas en la mesa. También nos ha comprado dos albornoces del mismo color y hace como que confunde nuestros nombres para recordarnos que la unión genética no falla.

Saturada de tanto sentimentalismo, me largué a dar un paseo con María, mi mejor amiga y la tía más rara e inestable que he conocido. Tiene el título de psicóloga desde hace dos años pero no ha ejercido nunca de manera oficial. Eso sí, a su manera, trata a todos los amigos y conocidos como pacientes, buscando unas explicaciones extrañísimas a nuestros comportamientos que ni el mismísimo Freud podría sacar. De mi familia ha hecho un cuaderno con cada uno de los miembros y ahora le tocaba a Julia. María dice que los secretos de su personalidad están atrapados en sus sueños. Las instrucciones son claras: a partir de ahora tengo que esperar a que Julia se duerma, acercarme a su cama y anotar en una libreta todo lo que diga. Menuda tortura.

Antes de que María se marche, siempre nos tomamos unas cerves en la plaza del barrio. Hoy con más razón porque teníamos que planear la fiesta que vamos a hacer en el piso de Adrián. María quiere que invite a Julia para poder analizarla de cerca. Me niego rotundamente porque me dejaría en ridículo y no podría soportarlo.

El pakistaní del locutorio de la esquina vende la cerveza más barata de la zona y ya nos hemos hecho clientas habituales. Como esta vez hacía sol, el puestecillo estaba en la calle. A su lado, había un hombre mayor que le ayudaba. El típico abuelo que da el coñazo porque no tiene nada mejor que hacer, como el mío. Y era un decir…pero cuando vi que realmente era mi abuelo el que estaba vendiendo cerveza, me quedé pasmada. Cuando me reconoció, se puso contento y me presentó a su nuevo amigo. Desde que nos mudamos a Lavapiés el pobre piensa que vivimos en Turquía. Para él todo el mundo, se llame como se llame y proceda de donde proceda, se llama Abdul.

Nunca me imaginé que aquel Mariano que hace un año vivía en una residencia de mayores en Pozuelo, donde su único entretenimiento era echar la partida a las cartas, hoy estaría sacando un sobresueldo con un pakistaní en la plaza de Lavapiés. Toda su pensión la gastamos en las facturas de la casa y para sacarse un dinero extra hace sus trapicheos. En el fondo le admiro. Cuanto tengo que aprender de él…

El abuelo sacó cuatro cervezas de las más frías y nos las repartió. Invitaba él. Pasaba desapercibido entre la gente. Nadie, ni la propia policía, podría sospechar de alguien tan majo, tierno y vulnerable. Negocio redondo. Puede que el abuelo algún día sea mi socio…

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