LOLA. DÍA 2: La facultad

La alarma debió de sonar durante más de 15 minutos y ni siquiera el zumbido de la batidora me despertó ¿Otra vez magdalenas de zanahoria para desayunar? ¿Cómo es posible que mamá se levantara antes de las 8 para cocinar? Está perdiendo el juicio…

Me desperté sobresaltada. No creo que hubiera dormido más de un par de horas. Julia ya se había esfumado de la habitación. La cama estaba hecha y todas sus cosas ordenadas meticulosamente. Olía a colonia pegajosa de mora, ¿a dónde iría tan temprano?

Me vestí rápido con lo primero que pillé. Al abrir el armario el rosa me deslumbró: faldas, chaquetas, camisas…y un bolso fucsia que yo no utilizaría ni como cenicero. Menos mal que el tacto de mi mochila de cuero y de los vaqueros rotos me tranquilizó y me recordó que aún había una parte de mí en esa habitación que ahora estaba contaminada.

Aproveché que mi madre estaba en el baño para ir a la cocina y rebuscar en el cajón las galletas de dinosaurio que papá compra a escondidas porque, en realidad, todo el mundo detesta las magdalenas. La caja estaba vacía. Seguro que Julia se las había acabado. Desde que éramos pequeñas comemos las mismas galletas. Al principio solíamos compartirlas pero, con los años, hasta el desayuno se convirtió en una competición. Ella ha ganado…(de momento).

Salí corriendo enfadada por la nueva invasión de Julia. Si perdía el autobús, llegaría tarde a la facultad y ayer era el día más importante de la semana, el del reparto de la mercancía. Llegué justo a tiempo para el café diario con los antiguos compañeros, a algunos le quedan un par de asignaturas y otros hacen un Máster.

Cuando todos entraron en clase, empezó mi turno en la fotocopiadora. Por suerte no había mucho trabajo porque acababa de empezar el segundo cuatrimestre. Sólo tenía que encuadernar algunos libros y esperar pacientemente a que Adrián trajera el material. Ya no nos quedaba mucho.

Un par de chicos me preguntaron en voz baja si había llegado lo suyo. Miré hacia los lados y saqué rápidamente de la taquilla una de las bolsitas. Los chavales me miraron confundidos y sonrieron. Ellos venían a por esos apuntes de filosofía natural que vendo a escondidas…Ni siquiera sabían de la existencia de lo otro. Justo en ese momento llegó Adrián. Yo estaba roja y nerviosa, me disculpé y les dije que todo había sido una confusión.

Tengo que tener más cuidado.

 

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